domingo, 16 de octubre de 2011

Un soplo de vida

Arena fría se mezcla suavemente entre los dedos de mis pies. No es lo mismo que en verano, cuando el bochorno la convierte en un desierto abrasador. Camino despacio hacia la orilla, con vaqueros, camisa y cazadora. Definitivamente, es distinto que en agosto. Ahora la playa está vacía, fría, desierta, pero sigue preciosa. El rumor de las olas cada vez se hace más intenso. Una música suave de piano en mis auriculares climatiza un ambiente tranquilo, de película. Con las menorquinas en la mano, me debato sobre acariciar el agua del mar que me invita silenciosamente. Tiene pinta de estar congelada. Mediados de octubre, sábado a las ocho de la tarde, congelada seguro. Una brisa suave pero gélida me contesta. Sigo mirando las olas. El reflejo de algunas luces dispersas me descubre la infinidad del mar, la majestuosidad del océano. Su perfecta belleza, su bella perfección.




Una oleada más fuerte, olor intenso a mar... Mmm... Ganas de bucear. Mi ansiada respuesta: me arriesgo. Me acerco hasta una distancia prudente de donde rompen las olas. El agua oscura me oculta los secretos de sus profundidades. Espero pacientemente a que alguna valiente se atreva a venir hasta mí. La espero, no llega. ¿Me acerco a buscarla? No. Ya llegará... Y cuando menos me lo espero, se acerca temerosa la espuma blanca hasta dar con el pulgar de mi pie derecho. Ahh... Qué cosquilleo. Cuánto te echaba de menos. Sumerjo mi pie entero con la siguiente ola, y paseo. De una punta hasta la otra, la pequeña calita me invita a mezclarme sigilosamente entre sus olas. El agua, caliente, contra todo pronóstico. Será que tenemos que darle una oportunidad hasta a la temperatura del mar en otoño.

Me siento a escribir esto mientras escondo mis pequeños pies de talla treinta y siete bajo la arena. El tiempo se ha parado, y me ha regalado este precioso momento para mí solita. En medio de la aburrida rutina, una fugaz escapada airea mis pulmones y perfuma mi mente. Lo necesitaba. Gracias, playa. Cuando menos me lo esperaba, me has regalado una bocanada de aire fresco, un soplo de vida.

martes, 4 de octubre de 2011

¿Por qué no cambiar?

Primer ensayo de la asignatura Claves del pensamiento actual impartida por el profesor Jaime Nubiola.


Sonrisa reluciente en la cara, ropa cómoda y moderna, muchos amigos. Familia numerosa, feliz, situación económica holgada. Padres universitarios, buen colegio, educación con valores. Ciudad pequeña, familiar, cotilla. Cielo encapotado, bastante tráfico, paraguas en mano. ¿Por qué no cambiar? ¿Debo continuar con una vida programada para no tener sorpresas, ni disgustos? ¿Por qué cumplir con lo que se espera de mí? ¿Por qué no buscar un nuevo camino, el mío, con mis propias aventuras, mis errores y mis éxitos? ¿Por qué no cambiar?

Un acontecimiento inesperado consigue dar un giro a aquella vida. ¿Sería esta la oportunidad para tomar las riendas de mi aburrida rutina? Una crisis económica supone un empuje hacia la toma de contacto con las primeras responsabilidades. Un trabajo, compaginado con unos estudios en Derecho, no parece tan difícil. Comidas rápidas y solitarias, a deshora, sola. Pronto, un recurso: auriculares que emiten música tranquila, melancólica, italiana. Más tarde, una escapatoria: los libros, grandes compañeros en el autobús público, de camino a la Uni, durante la comida. Ahora, una mentalidad: “Va dove ti porta il cuore”.

Pasados algunos meses, el malhumor despierta con facilidad. Empiezo a entender el verdadero significado de tener responsabilidades. Caprichos fuera, solo gastos necesarios. ¿Jueves universitarios? ¿Escaparates irresistibles? Olvidados. Poco a poco, siento que tengo el control sobre mi vida, mis horarios, mis comidas, mi autobús, mi independencia. ¿Madurez? Supongo. ¿Soledad? Mucha.

Es entonces cuando me vienen los recuerdos de niña. El patio del cole, las clases de ballet y de guitarra, el uniforme, los Reyes, los castillitos de arena, el comedor, los pies colgando en la silla del dentista, el algodón de azúcar… Una infancia perfecta, que solo me evoca sonrisas, alguna tímida lágrima y una tediosa pregunta: ¿Podré ofrecerles a mis hijos la misma felicidad que me han regalado mis padres?

Llega mi turno en la cafetería. “Bocadillo de lomo con queso y una coca-cola, por favor”. Con Sabina y sus Peces de ciudad en mis oídos, pienso en lo que he cambiado en los últimos años. Me vienen a la mente la ridícula timidez durante la adolescencia, las discusiones con mi madre sobre ropa, las visitas al dermatólogo por aquel acné interminable, el empeño por parecer mayor, la emoción por entrar en aquella discoteca, las fiestas de pijama con las amigas, las partidas de cartas hasta altas horas…

Sonrío para mis adentros. Lo añoro. Ojalá volvieran aquellos tiempos… Pero mañana todo será mejor. Lo que más me gusta de mi futuro es que lo escribo yo. Hay quien dice que ya lo decidirá el destino. Pero, ¿por qué esperarle? Debemos darle un empujoncito, no podemos dejar todo en sus manos. Si algo tengo claro es que la fuerza que mueve el mundo es nuestra iniciativa. Luego, Dios decide si funcionan nuestros intentos o si tenemos que esforzarnos más. Dicen de mí que soy una persona optimista, no lo sé. Pero sí sé que rendirse es la debilidad más grande del ser humano, provocado por la indecisión, la pereza o la incertidumbre.

De camino a la biblioteca me siento una extraña paseando por el campus. En realidad, siempre he querido vivir en una ciudad grande y variada. Cruzarme con personas distintas por la calle, imaginándome las vidas tan diferentes que tendrán, recorrer media ciudad en metro admirando su arquitectura, pasear por un parque repleto sin sentirme analizada. Adoro Barcelona por elección, aunque tengo algo de catalana en la sangre y he vivido toda mi vida en Pamplona, cada verano lo he pasado junto al Mediterráneo catalán y estoy enamorada de su clima, su comida, su gente y sobre todo de sus playas.

Mientras me siento en mi rutinaria silla, el modo aleatorio de mi móvil me manda una inequívoca señal de Serrat: “Nací en el Mediterráneo”. Sonrío otra vez y pienso: “No, pero casi. Seré catalana por adopción.” Estoy dispuesta a rechazar todas las comodidades que mis padres han forjado aquí, a evadir las curiosas miradas que esperaban ver casarse a la hija de la familia Castilla, a despedirme de mis amigos con un hasta luego y una sonrisa. Eso sí, mientras tanto, a por Mercantil. Pronto me espera una ciudad nueva por descubrir, sin conocidos en las aceras y con muchas expectativas por delante. ¿Por qué no intentarlo?