miércoles, 25 de abril de 2012

Se busca:



Busco chico alto, con buen andar. Maletín en vez de mochila. A ser posible, traje, nunca de rayas. Si no, vaqueros en su sitio. Ocasionalmente podría llevar pitillos de color rojo. Pelo corto, nada de greñas. Busco chico que se salte los semáforos al pasear por la calle, camine seguro y mirando al horizonte. Que no recicle pero sea limpio. Que deje un rastro de colonia a su paso y se pare en las tiendas de óptica. Cualquier cosa menos gafas Ray-Ban, demasiado vistas. Que diga la palabra planning y proponga cuando yo esté indecisa. Delgado pero no espárrago. Fuerte pero no cuadrado. Peinado pero nunca repeinado. Tez con moreno dorado. No exijo color de ojos, pero sí una mirada limpia y sincera. Busco chico que cruce por mitad de zona verde, salude a un perrito y conozca su raza. Erguido y decidido. Mirada detenida pero no intimidatoria. Curioso pero no fichón. Que acelere el paso al cruzar por la calle. Que conduzca seguro y al coger el volante por arriba estire el brazo izquierdo sobre él agarrándolo con fuerza. La otra mano en el cambio de marchas. Conducción rápida pero no temeraria. Calefacción alta en invierno y la ventanilla bajada en verano. Música media, no alta. Siempre con un paquete de Kleennex perfumado en el bolsillo. No fumador. Voz masculina pero suave, ni ronca ni afeminada. Cazadora y cuellos para arriba. Barba nunca, aunque tiene permitido no afeitarse por un máximo de tres días. Patillas cuidadas, a poder ser de tamaño medio. Nunca bigote ni perilla. Jamás gomina. Que le guste la lectura, pero no escriba. Romántico, pero no ñoño. Cursiladas no, gracias. Busco chico simpático, con sonrisa bonita. Que me haga reír y me enseñe cosas que ignoro. Manos bonitas. Que sea cariñoso pero no empalagoso. Celoso pero no obsesivo. Preocupadizo pero no paranoico. Deportista. Que sepa bailar, tenga ritmo y nada de vergüenza. Que saque la tarjeta antes de que yo encuentre mi cartera. Que no le importe llevarme el bolso. Con vidilla, echado para adelante pero no en exceso. Jamás soberbio ni egocéntrico. Que me escuche y me aconseje. Que me pregunte pero no me atosigue. Que me diga la verdad en todo momento, aunque me duela. Que me quiera, si es posible, tal como soy. Y, por supuesto, que me haga romper esta lista. 

miércoles, 4 de abril de 2012

Adiós

     Veo cómo cierras los ojos con fuerza. Levantas las cejas, niegas con la cabeza. Lentamente, bajas la barbilla hacia el suelo. Ahora no puedo ver tus ojos. Estoy rota por dentro. ¿Por qué no me dices nada? Háblame. Grítame.

     En ese momento decides que ya nada tiene sentido, que ya no merece la pena luchar por mí. Dejas que me escape entre tus dedos. Te dejo, y tú no saltas. Admites tu derrota, no te defiendes. Lloro. Me acompañas a casa. La impotencia me mata. Lloras. La gente nos mira. Pero qué importan.

     Te suplico un abrazo antes de irte, de abandonarme. Me desgarra la frialdad con la que me lo das. Tus músculos, flácidos, ya no me rodean con ternura, con seguridad ni protección. Me abrazas y te vas, sin volverte a mirarme, con la cabeza gacha, rendido. Yo sigo tu recorrido, tu marcha. Ya no estás. Y lo peor es que ha sido mi decisión.

     




     Un escalofrío me recorre el cuerpo. Siento frío en esta tarde de verano. Algo me aprieta en el pecho: el vacío que has dejado en mi corazón. Te he perdido. Y esta vez, para siempre.

En el cole

La última clase en el cole. Faltan pocos minutos para acabar. La profesora da un repaso de lo que nos ha enseñado en clase. Sí, ya sé perfectamente lo que es una ecuación de segundo grado. Y también me sé la fórmula general para resolverla. ¡Ay madre...! Acaba de preguntar si hay alguna duda. Ya he metido los libros en la mochila, el estuche está cerrado y mi cuaderno preparado para cerrarse. Discretamente, me he puesto la chaqueta mientras hacía su querido repaso.

Ufff... cuánto quedará. Miro disimuladamente el reloj que está encima de la pizarra. ¡Faltan dos minutos! ¡Dios mio! Será... ¡Ya está la empollona haciendo su preguntita de turno! ¿Por qué no podrá esperar al descanso para hacerle la pelota? Mi pierna va como loca. Ya no la controlo. La rodilla se me va a desencajar con tanto traqueteo. ¡Ya está! Ahora recuerda los deberes para mañana. Página doscientos sesenta y cuatro, ejercicios veintitrés, veinticuatro, veinticinco y veintiséis. ¿Algo más? ¿Esta mujer no sabe que se tarda media hora con cada uno? Y además tenemos otras ocho asignaturas, con profesores que pretenden que sus lecciones también las llevemos al día.

Miro por la ventana. Hace un solazo espectacular. Qué ganas de salir. Miro otra vez el reloj. Ya marca la hora. Deben quedar segundos... La profesora sigue hablando. ¡Qué horror! Miradas cómplices entre todos nosotros. Ojos en blanco. Susurros impacientes. Se empiezan a oír las sillas en la clase de al lado. ¿Por qué ellos sí? ¿Por qué esta tediosa tortura?

Y, de repente, el timbre. ¡Ahí está! Salto de mi silla. Meto el cuaderno y el estuche y me cuelgo la mochila al hombro. Mis tripas crujen mientras corro por el pasillo. ¡La merienda! Necesito ir a comprar chuches a la tienda de enfrente. Una sonrisa radiante ilumina mi cara al instante. Mmm... me apetecen Pica-picas.