martes, 29 de mayo de 2012

Callejuela londinense



Medianoche. Una rata corre sigilosa por la tubería. Él protege su rostro con un sombrero de copa. Silencio. El suelo encharcado brilla, refleja las luces de las farolas lejanas. Callejuela de Londres.  
          Una ráfaga de viento se cuela moviendo su gabardina negra. El cuello subido, descaro en su andar. A lo lejos un taxi llama mi atención. Estoy escondida detrás de un contenedor oxidado. Huele a pescado podrido. Me acurruco un poco más. La rata pasa por delante de mí. Se detiene, me mira y se va. ¡Mierda! Pasos tranquilos se acercan por el callejón. ¡Mierda, mierda! Le oigo pisando un charco a pocos metros de mí. Él no se ha preocupado por el sigilo. ¿Será posible? Sabe que estoy aquí. ¡Mierda! ¡La maldita rata me ha delatado! Hace frío. Mucho. No siento los pies ni las manos. No me ha dado tiempo a coger el abrigo al salir de casa. Estoy congelada. El cielo negro no presagia nada bueno esta noche. ¡Tengo miedo! Un aire gélido atraviesa el gueto sin piedad. Silencio. El sonido del roce de una cerilla con su cajita. El fósforo crea una pequeña llamita que ilumina parte del callejón. Está tan cerca... Puedo ver el débil parpadeo. ¡Dios mío! ¡Ayúdame! 
          Ahora no se escucha nada. El latido de mi corazón resuena violento en las yemas de mis dedos. La pelea de unos gatos abandonados me distrae un momento; y a él también. Puedo notarlo en su respiración. Seguro que se están peleando por la ratita. Pobrecita... Va a convertirse pronto en la cena. Espero no correr su misma suerte. Silencio otra vez. Más silencio. Frío. Y un suspiro largo y profundo, pausado, ininterrumpido. Casi tranquilo. Se está fumando un pitillo. Eso es raro en él. Está siendo paciente. Me espera. ¿Por qué lo hace? ¡Ven a por mí! Pero él sigue soltando el humo de su Chesterfield. Puedo olerlo desde aquí. ¡Qué asco! Tantos años suplicándole que lo dejara... Solo lo hace para fastidiarme. Estoy segura... ¡Lárgate de una vez! El ruido de los taxis se oye desde mi escondrijo. ¡Dios mío! ¿Por qué no puede venir un policía justo cuando lo necesito?
          - Savannah... No me hagas esperar más. Ven conmigo. Sé que estás ahí. Anda, sal.
          No me atrevo a responder. ¿Qué debería hacer? Si voy con él, se acabará. Ya no podré ser libre. Viviré enjaulada en una rutina sin expectativas ni ambiciones. Una realidad que deja mucho que desear. Si me quedo quién sabe cómo acabaré. Probablemente en algún pub de mala muerte intentando ganarme calderilla. Y vivir debajo de un puente, como mucho. ¿Debería correr el riesgo? Me muevo un pelín en mi escondite. Una piedra rueda. Empieza a diluviar. Otra ráfaga me congela la garganta. Él apura su cigarrillo. No lo veo, pero lo sé. Su sombra se proyecta difusa sobre el suelo empedrado. Me llega su fragancia. Mmm... dulce. Es la mía. La sigue llevando. 
          Contenedores oxidados con las sobras de restaurantes de lujo. El lado oscuro de la elegancia y la comodidad inglesas. Oscuro pero necesario. Malditos burgueses. Una calle principal donde continuamente hay tráfico, Regent Street, y nadie se percata en el callejón colindante. ¡Estoy aquí! ¡Socorro! No sé qué hora será... Debe de ser tardísimo. Menos mal que mis padres murieron cuando era niña. Si vieran mi situación estarían preocupadísimos. Si tuvieran el hambre que tengo. Si sintieran el miedo que yo siento. Si sufrieran mi sufrimiento. Se preocuparían demasiado. En realidad no es para tanto. Solo un gangster que viene a saldar su deuda. Me he decidido. Saldré y hablaré con él como una persona civilizada. Espero que no vaya armado. Por favor, Dios mío, que no vaya armado...
          En ese momento, un policía de Scotland Yard hace su ruta por la calle contigua. Cruza distraído por el callejón y se detiene al verlo a él. Desde aquí puedo ver su sombra lejana, incluso puedo distinguir su perfil y su gorra en la fachada del edificio de enfrente.
          - ¡Eh! ¿Quién anda ahí?
          Se acerca a paso ligero, el choque de su pistola contra el cinturón me reconforta. Estoy a salvo. Él está alerta, la colilla salta disparada y rueda hasta mis pies. Se va por el otro lado del callejón. No corre. Nunca corre. Se desliza con suavidad, sigiloso, invisible. El policía lo persigue gritando: “¡Alto, en nombre de la Ley!”. En vano, ya no hay forma de encontrarlo. Él es así. Te promete la tierra y el cielo, y se esfuma sin dejar rastro. Se esconde entre las sombras. No huye, espera. Yo aprovecho mi momento. Esta es mi única oportunidad. Muevo el contenedor con un chirrido lento. Me levanto y salgo discreta de mi escondite, dejando atrás la colilla abandonada de mi prometido.

domingo, 20 de mayo de 2012

Entrevista a Jaime Nubiola: escritor, filósofo y profesor de la Universidad de Navarra


Realizada por Claudia Castilla Baiget, alumna de segundo de Periodismo y, además, mi querida hermana. Doy en su nombre un agradecimiento muy especial a mi antiguo profesor y actual mentor, Jaime Nubiola. Esperamos que le agrade el resultado final y que, a vosotros, os conquiste su sabiduría y entusiasmo.

Jaime Nubiola (Barcelona, 1953) es profesor de filosofía en la Universidad de Navarra. Ha sido visiting scholar (profesor invitado) en las universidades de Harvard, Glasgow y Stanford. Es autor de varios libros como El compromiso esencialista de la lógica modal, Invitación a pensar, La renovación pragmatista de la filosofía analítica y Pensar en libertad. Su cara y actitud son el fiel reflejo de la alegría y el entusiasmo. A sus cincuenta y ocho años le sobran las ganas de seguir escribiendo y de aprender. Sus alumnos lo convierten en alguien especial y le ayudan a superarse todos los días en su polifacética profesión. En esta entrevista intentaré transmitir con las palabras de este magnífico escritor la importancia que tienen la escritura y la creatividad en nuestras vidas.

miércoles, 16 de mayo de 2012

El timbre


          Suelo apoyar la frente sobre el cristal mientras espero tu llegada. La mesa ya está puesta con todos los detalles, velas incluidas. Hoy te he preparado tu plato favorito y espero que llegues de buen humor. Sales de trabajar a las ocho y media todos los días y a las nueve menos cinco ya estás aparcando enfrente de casa. Como un reloj Made in Switzerland. No, mejor aún. La lluvia golpea en el cristal. Nuestras escaleritas de madera de la entrada son ahora de un marrón chocolate muy oscuro, casi negro. Te espero preocupada, como siempre. Nunca se sabe lo que puede pasar. Te estás retrasando y encima está cayendo un chaparrón espantoso.

            Despego mi cara del cristal congelado y un suspiro se escapa desconsolado por mi garganta. Empaño la ventana y el vaho se extiende rápidamente. Froto mi frente para conseguir que entre en calor mientras veo cómo se encoge la marca del vapor a una velocidad increíble. Como enviado por una fuerza superior, Duck se acerca y me lame el tobillo con su lengua calentita. Recuerdo que de pequeña mi hermana creía que podía comer esa loncha de jamón e intentó arrancarle la lengua al pobre terrier que teníamos entonces.

            —Tranquilo, cariño, estará al caer. Ahh... No te engañes, Mónica, la única preocupada eres tú. Nunca ha llegado ni diez minutos tarde y ya ha pasado más de media hora. Igual le han liado en el trabajo. No... me habría llamado. Pues igual se ha quedado sin gasolina... ¡Qué va! No tardaría tanto. Igual ha ido a comprar... Imposible. Hizo la compra ayer. Genial, ¡ya estás hablando sola! ¿Quieres parar, Mónica? ¡Ay! ¡Dios mío! ¿No le habrá pasado algo? Voy a llamarle...

            Ya ha pasado media hora desde que te he llamado y no me coges. Empiezo a estar realmente preocupada. Duck no para de dar vueltas a mi alrededor. Parece que note mi nerviosismo. La tormenta es cada vez más fuerte y ya se ha formado el charco de siempre delante del buzón. Empiezo a recolocar obsesivamente los cubiertos, el vino, las copas, las servilletas y, para colmo, la comida ya está fría.

            Me muevo hasta el cristal desde el que puedo ver la entrada de nuestra casa y parte de la calle. Cojo el móvil una vez más. Rellamada... Bufff... ¿Dónde estás, cariño? ¡Vaaa! ¡Contesta, por favor! ¿¡Quéé!? Ahora comunica... ¿Qué estarás haciendo? ¡Ay! Igual me estás llamando. ¡Cuelga, cuelga! ¿Por qué no cuelga este cacharro? Ajjj... ¡Qué asco de móvil! Odio las tecnologías... Ay, ya está.

            —¡Quieto, Duck! Me estás poniendo nerviosa. Bueno, si comunica quiere decir que está vivo. Al menos está utilizando el móvil. ¿Pero con quién hablará? Su madre no puede ser, me parece que esta semana iba a irse a Angola. ¿Angola dijo? Un sitio así, creo. ¡Yo qué sé! No me acuerdo.

            Mi carrera por el salón, la cocina y el recibidor empieza a marearme tanto que decido sentarme en el sillón de orejas. Miro el reloj de madera que me regalaste aquellas navidades. Lo que te costó elegirlo, pobrecito. Van a dar las diez de la noche. Las farolas ya alumbran nuestro tranquilo vecindario. Esto no lo habías hecho nunca. ¿Por qué me haces esto, cariño? No sabes la tortura que me estás haciendo pasar, cielo.

            — En cuanto entre por esa puerta le pienso montar una bronca que se acordará para toda su vida. Ni su querida madre le salvará de esta. ¡Ay, Dios mío! ¿No estará con otra mujer? Igual antes la llamaba a ella y por eso comunicaba. ¿Tú crees? ¡No, qué va! Eso jamás lo haría. ¡No! ¡Me niego a pensar eso! ¡Ay! ¡Serás idiota! ¡Deja de hablar sola! Acabarás por volverte loca... Ayyy. Aunque está la tal Patricia esa con la que trabaja. No me gusta nada cómo lo mira. Parece que se le vayan a salir los ojos. Y él ni siquiera se da cuenta. Los hombres son tan estúpidos...

            No he conseguido mantenerme sentada ni un minuto. Desde el fondo de la cocina, apoyada en la encimera de mármol negro en la que estoy, veo a Duck levantarse rápidamente y acercarse a la puerta. Media sonrisa se asoma tímida en mi rostro. Veo un coche pasar por nuestra calle, pero creo que era blanco. No, no es el nuestro. ¿Entonces por qué se ha levantado el perro? Me acerco sigilosa al recibidor. No consigo ver el coche, aunque me parece que ha aparcado ahí fuera. He oído las puertas cerrarse bruscamente. Ahora consigo ver unas luces de colores que se reflejan en el empedrado encharcado de mi entrada. Rojo. Azul. Rojo. Azul. Rojo. Azul. Alternándose. Oigo los pasos acercándose. La madera del porche cruje levemente. A través del ventanal consigo ver sus sombras proyectadas por la luz de la farola cercana. Mis manos encogidas sobre el corazón. Duck olisqueando bajo la puerta. La lluvia arreciando contra mi casa. El frío sobrecogiendo mi alma. Y suena el timbre.

jueves, 3 de mayo de 2012

Estrés

En esta noche a vísperas de mi primer examen final de tercero de carrera, no puedo evitar pensar en el verano. El verano que tan cerca tengo y que casi puedo sentir. El verano pasado, sin poder ni querer evitarlo, viene fugaz a mi cabeza. La música italiana que por aquel entonces tenía entre ceja y ceja, mis largos paseos por la playa, con el atardecer rosado pisándome los talones. La brisa, incondicional, revolviendo mi cabello negro sin piedad. Despejando mi cara y mi mente, sin dudas, sin preocupaciones. Ahora estoy enganchada a la música francesa, mis uñas son roídas por el incansable miedo al suspenso, las ojeras se acomodan en mi cara. Con los exámenes a la vuelta de la esquina, jaquecas a deshora y unas terribles ansias de playa, me enfrento a un mes lleno de preocupación, estrés y agobio. Sin olvidar unas cuantas tiritas para mis pobres uñas. Menos mal que aún conservo el recuerdo de aquel atardecer.