sábado, 22 de septiembre de 2012

Sin manguitos

       La vida muchas veces te pone a prueba. Te hace las cosas fáciles, para saber si eres de los que cae en la tentación de lo cómodo a la primera de cambio. Otras veces te lo pone algo más complicado, por el puro placer de ver si sales airoso. Supongo que tenemos que ser siempre optimistas, pensando que somos fuertes y podemos vencer ambos extremos. ¿Y qué pasa si me rindo? ¿Y si decido, por afán de llevar la contraria, que soy débil? Sí, dejarme vencer sería la solución más fácil, y la más rápida. Un final contundente, sin retortijones, sin sufrimiento.

       Dicen que la vida es un camino fácil, un dejarse llevar a través del tiempo y del espacio. Si consigues aprender a nadar, no te hundes y puedes evitar los tiburones que acechan en el fondo del océano. ¿Pero qué pasa si no me han enseñado a nadar por estas aguas? ¿Y si me encuentro inmersa en un temporal y ni siquiera tengo manguitos? Podría dejarme llevar por la corriente y ser devorada por los depredadores que, silenciosos, esperan mi rendición. O podría patalear desesperadamente para intentar mantenerme a flote hasta ver una línea de tierra firme en el horizonte o una luz oscilante en el infinito.

       Todo el mundo me dirá "¡Por supuesto, sigue nadando! ¡No te rindas, que tú puedes!" Pero, ¿y qué pasa si no quiero? ¿Es que no puedo cansarme de bracear y patalear sin dirección alguna? Claro que, dejar de hacerlo, significaría sucumbir a la tentación de lo fácil y lo rápido; mucho mejor que el camino tedioso y cansado que me espera si decido no rendirme. La disyuntiva parece clara. Es lo que nadie puede decidir por mí, la solución que pesa sobre mis hombros y que todavía se mueve informe en mi cabeza, de babor a estribor. Quizás un factor externo, un calambre o incluso la picadura de una manta, podría allanarme el camino. Sin embargo, parece que el cielo no está por la labor de mandarme ninguna señal, coherente al menos.

       La única luz que se dibuja en mi horizonte no sé de dónde procede. Quizá sea una alucinación, quizá venga de un barco pesquero o simplemente resida en algún rincón todavía vivo de mi imaginación. El caso es que esa alocada idea parece ser la única que consigue meter aire en mis pulmones y bombear la sangre de mi corazón. Parece que es la única que me permite mantenerme a flote, por mucho que, en realidad, solo sea una ilusión. Parece que París va a ser la única que consigue iluminar el océano en el que chapoteo y ahuyentar los tiburones de mi camino. Quizá solo sea cuestión de tener un objetivo en la vida, un punto de mira. La vida no siempre es fácil, pero sí consigue hacerte más fuerte de lo que eras al principio. Si te toca un vendaval, te dejará un velero. Si hay marea alta, tendrás que buscar un submarino. Yo ya paso de los manguitos, lo que necesito para salir a flote lo tengo claro.


París, gracias por salvarme la vida.