jueves, 4 de octubre de 2012

San Fermín

Sugerido por mi mentor y embaucada por mi hermano, superé mis prejuicios hace dos días y me atreví a vivir en mi propia carne la realidad de los Sanfermines. Después de 20 años evitándolo, por fin, y gracias a este reciente afán por conocer nuevas experiencias, he vivido dos días de auténtica fiesta pamplonica.

Ataviada con las vestimentas tradicionales -tanto tiempo evitadas con el fin de no dejarme arrastrar por las masas- me dirigí a la plaza del Castillo acompañada por mi hermano mayor sobre las ocho de la tarde. El hecho de ver que todo el mundo va vestido -con sus más y sus menos- exactamente igual que tú, contrariamente a lo que me esperaba, te hace surgir un sentimiento de unidad y, ¿por qué no?, de cierto patriotismo que nunca antes había sentido. Quizá solo sea comparable a la sensación -tan inmensa- de ganar el mundial o la Champions.

De camino hacia la plaza, eso sí, el olor se hacía cada vez más intenso y desagradable. Prometí no dejar ningún detalle por el camino, así que no me cortaré un pelo, permitidme. Las náuseas por el aroma a vómito y pis no se hicieron esperar. A medida que me acercaba a la parte vieja de Pamplona la sensación era más intensa. Esto añadido a los desafortunados comentarios de mi hermano por el camino tipo: "aquí de madrugada se forman unos charcos que ni la alcantarilla..." Os podéis imaginar el resto.


En paseo Sarasate, las calles las invaden, además de los grupos de jóvenes con botella -garrafa o lo que se preste- en mano, familias de la mano desde la abuela hasta el primo y el bebé en la silleta. Por supuesto, todos uniformados y el pañuelico al cuello. En el asfalto, jugosas ofertas de lo más variopinto: desde bolsos de Prada hasta fundas de Blackberry, todo ello a precios escalofriantes. Bailarines de breakdance con más palmas que cabriolas, pero que ofrecen espectáculo, y se agradece. Marchas de tambores espectaculares, ritmos trepidantes, de los que te hacen que te quedes embobado esperando el redoble final y con el pie en continuo “subeybaja”. Tómbola, para probar suerte a menos de 1€ por boleto. Peñas que cantan y gigantes que te persiguen, sobre todo a los más pequeños.
Una vez en la plaza del Castillo, helado de Oreo y de arroz con leche para acompañar. Todo lleno de gente, por supuesto. Un gigantesco escenario en el que hay música continuamente y a medianoche se ofrece un concierto con un artista más o menos mediático y, por supuesto, gratuitamente. Podéis encontraros grupos de gente de lo mas variada: rastafaris, rancheros, pijas, futbolistas, italianos, chinos, abuelitos, australianos, papás, vendedores ambulantes... Probar pintxicos en los bares se hace muy tentador para cualquier peregrino. Mi consejo: tortilla de chaca, no os dejará indiferentes. En todos los bares, que tienen sus puertas abiertas, suena la música a todo meter, la gente ríe, la sangría vuela, el contacto parece casual, surgen amistades o noviazgos, se rompen otros, se celebra todo y, no se sabe cómo, tu conjunto perfectamente blanco acaba con un manchón rosado en mitad de la espalda.

Al acercarnos hasta el recorrido propio de las vaquillas, las aglomeraciones son mayores y, con ellas, los olores. Los que frecuentan esa zona suelen tener toda su ropa teñida de color rosa y parece no importarles en absoluto, disfrutando igual que niños con un charco de barro. Yo solo pienso en sus pobres madres que luego tendrán que frotar y gastar litros y litros de lejía para devolver el blanco a lo que era blanco. Al lado de la plaza de toros hay instaladas varias carpas. Allí la música suena al aire libre y el ambiente es bastante bueno. Mucho colegueo y risas, aunque sobra decir que el alcohol siempre tiene un papel importante, reconozco que no siempre protagonista. Podría contaros una anécdota: yo bailando como loca. Un abuelito (aparentemente inofensivo, con puro y cerveza en mano) se me acerca y me dice "qué gracia tienes al bailar, a ver si se lo pegas al resto". Le contesto "y esto sin haber bebido ni una gota de alcohol". Me suelta un "qué aburrida" y se me escapa "todo lo contrario". Sonrío, ríe, y huyo.

Lo más divertido -basándome en mi experiencia- es ir armada con una buena, y subrayo buena, cámara de fotos. Todos quieren ser amigos tuyos. Te piden fotos y luego te preguntan de dónde eres. Es una buena forma de entablar conversación de la forma más sana posible. Inventarse que vienes de algún periódico o revista famoso ayuda. El intercambio de gafas, pelucas, pañuelos y copas también conecta a la gente. Quizás eso sea una de las cosas que más me ha sorprendido y agradado, la facilidad para hablar con gente de todas partes del mundo. La variedad en Pamplona, por fin. Se agradece.

Para acabar la noche de los más tranquilos, a las once se ofrece cada día un espectáculo increíble: fuegos artificiales en la vuelta del Castillo. Todos, grandes y pequeños, sentados o de pie, borrachos y sobrios, se reúnen alrededor para contemplar una de las maravillas jamás creadas por el hombre. Ver los fuegos de mil colores y formas estampados en el cielo nocturno de Pamplona te hace irte a casa con un sabor de boca inmejorable. Te hace pensar que perteneces a ese "pequeño" grupo de privilegiados que estaba en la ciudad navarra contemplando exactamente lo mismo y soñando como un niño durante los mismos veinte minutos. Eso sí es acabar de lujo una tarde inolvidable en un lugar para recordar.

Lo que pase de madrugada ya es otra historia, si pasáis a las siete y media de la mañana por la vuelta para ir al autobús, a los encierros o a sacar al perro, cuidado con los bultos que hay esparcidos por el suelo, son personas durmiendo. También encontraréis a los valientes servicios de limpieza recogiendo los restos de la noche que, para muchos, habrá sido borrada a causa del alcohol; pero que para otros aun permanece intacta en nuestras mentes y en el apartado de "momentos mágicos para no olvidar".