jueves, 10 de noviembre de 2016

Sabores del norte

El viento arrastra perfumes conocidos, recuerdos fugaces, sabores de juventud y locuras adolescentes. Ya no me acuerdo de qué era vivir el día sin más preocupaciones que el cotilleo de barrio y el hollywoodiense. He olvidado, por desgracia, lo que era pensar bien de la gente. La bondad desinteresada, que antes era capaz de percibir en cualquier esquina, ahora es sustituida por intereses ocultos, paellas en el aire. Las buenas acciones quedan relegadas a un puesto de mera casualidad, una hipótesis vaga y tan inusual como la lluvia en una desértica Valencia.

Echo de menos, sí, quién me lo iba a decir, el mal humor de los norteños, con su cara siempre en tensión y su ceño continuamente fruncido. Ese aguante con el que soportan una vida nublada y a menudo pasada por agua. Esos paraguas que recogen parejitas apretujadas dándose calor, que sirven de excusa para los que solo "se gustan" y para los que han olvidado lo que era. Esos paraguas, de todas las formas y colores, también protegen de una lluvia que limpia las calles de incívicas cucarachas y retiene a familias y amigos en sus casas. 

En bajeras y hogares se mantiene el sentimiento de familia alrededor de un buen potaje de garbanzos y guindillas de la suerte. Nunca falta ni la infinita sobremesa ni alguna que otra partidica de mus, que además de despertar aficiones, entretiene en las largas tardes sin sol navarras.

El postureo no es una opción, las cosas se dicen porque se piensan, o no se dicen. Parco en sus palabras y a veces un poco brusco, pero el del norte sabe amar y lo demuestra con creces, porque a cabezones no les gana nadie. Si se lo proponen lo consiguen y no les detiene ni el chirimiri que pasa a chaparrón.

Qué más voy a decir, hay cosillas que no estaban mal. Pamplona no era tan Mordor, al fin y al cabo.

martes, 8 de noviembre de 2016

Sonrisa de niña

Me bajo del autobús. Meghan Trainor resuena en mis oídos, voy caminando a su ritmo. Con energía, canalizada únicamente a través de mis zancadas. Mi cara no expresa nada. Mi boca no sonríe, mi respiración no se oye, mis ojos no brillan. 

Me acerco a mi trabajo por un camino ya demasiado conocido, entre decenas de personas que me resultan indiferentes. Siento cómo mis pasos completan su recorrido, pero ya no miro, ya no vivo. A veces veo el suelo, otras leo el móvil. Ni siquiera necesito levantar la cabeza, mi cuerpo esquiva, adelanta o acelera, hasta que un buen día se para. 
Frena justo para dejarme ver a una niñita de ojos saltones y brillantes que, desde los grandes brazos protectores de su padre, ha reparado en mí y me mira sin decir nada. Me sonríe. Con lo que para ella es su mejor sonrisa: un colmillo y medio asomando y el resto encías vacías. Y esa luz irradiando en mitad de la acera en una ciudad cualquiera. Inevitablemente despierta la máquina. Siento alegría, me vuelvo humana. Y le sonrío.