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Mi momento

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A propósito de una pregunta inocente, lanzada al aire por azar como quien responde a un cuestionario anónimo de esos que te predicen tu futuro, o si le apuras tu profesión, evoqué recuerdos confusos. ¿El momento más feliz de mi vida? Es una pregunta difícil, porque cuesta graduar la felicidad cuando cada momento ha tenido su magia. Recordé momentos puntuales de mi vida, juegos infantiles, locuras de adolescente, y grandes desafíos cumplidos. Sí, lo confieso, pensé en el primer amor, el primer trabajo, el primer objetivo profesional alcanzado. Sentí abrazos, lágrimas dulces y tiernas despedidas acompañadas de promesas de reencuentro. Por supuesto pensé en mi familia, siempre conmigo, en la distancia, y recordé antiguos amigos, los que perdí y los pocos que conservo. Pero muy lejos de todo eso, te vi a ti. Sentí la calidez de tu abrazo como ningún otro, el alivio que me invade cuando juntos, con nuestra lógica y pasión tirándose de los pelos, resolvemos nuestras disputas. Evoq...

Realidad

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Lo veo sentado delante de mí en el autobús, de espaldas, pegado al móvil. Me duele ver cómo está inmerso en una pantalla minúscula cuando a nuestro alrededor están pasando cosas emocionantes, o al menos, entretenidas. Un niño le tira del pelo a su hermana y se monta una gresca, una adolescente está contando sus desgracias a su nueva mejor amiga, un abuelo se ha quedado dormido con “La razón” entre sus desgastadas manos, y también hay un grupo de guiris con el pelo platino y la piel quemada por el sol que intentan sin éxito decir palabras en castellano. Pero él no lo ve. No quiero ser cotilla, pero me invade una curiosidad insaciable de saber qué es lo que puede abstraer a un hombre de mediana edad, probablemente con hijos y esposa esperándole en su casa, con ropa limpia y adecuada, el cuello ligeramente enrojecido y manos trabajadoras. Me recuerda a mi padre, y no puedo evitar sentir nostalgia y cierto cariño hacia este desconocido. Está sentado en el autobús, justo delante ...

Buscándote

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Es desesperante. He llegado a la conclusión de que no hay palabras que puedan expresar lo que siento. Lo siento tanto, que a veces lloro al pensar lo intenso que es y lo frustrante que es intentar describir sentimientos tan grandes con solo palabras. Hasta el superlativo se me queda corto. Y tú te ríes. Siempre te ríes cuando te lloro, porque se ha convertido en una constante y te lo digo: nunca antes había llorado tanto. De felicidad, por sentirme tan afortunada al tenerte a mi lado, de satisfacción al saber que una persona tan guay como tú, me quiere a mí, me corresponde. Lloro de belleza, por lo bonito que es lo que tenemos. A veces lloro de tristeza, por no haberte encontrado antes, y de melancolía, por los años en que no te conocía y me sentía sola, buscando a alguien como tú. También lloro de rabia, por lo molesto que es ver  que alguien no te trata como te mereces; y de orgullo, cuando se reconocen tus méritos, y la vida te sonríe. Por eso lloro tanto, mientras tú t...

Carta a un viejo amigo

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Hola amigo, Perdona que no te haya escrito antes. Últimamente, paso de todo, y encima me quejo de sentirme sola. Supongo que sí, como me sugieres, es una crisis. No una crisis literaria, como te dije. En realidad solo pretendía relativizar mi problema. Dicen que cuando empiezas a llamarlo problema, tienes conciencia de su existir, le das más importancia, y crece. Luego vienen la autocompasión y lamentaciones sin sentido. La búsqueda del yo más profundo, y cualquier hombro sobre el que llorar es un amigo. El problema es que no es solo una crisis literaria. Es mucho mayor, entreteje todos los aspectos que eran importantes en mi vida. Mis aspiraciones intelectuales y profesionales, mi socialización e incluso mi autoestima se ven agitadas por este dominó que parece más bien un sauce con muchas ramas, largas y abatidas por el paso del tiempo, agitándose al ritmo de un frenético viento que no tiene origen ni fin. Antes no creía en las crisis existenciales y ahora me veo hundida de...

Fantasmas

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Te tengo en mi cabeza, pero,  ¿qué importa? Ya no eres real. Perteneces a algo que nunca pudo ser. Una ilusión, como tantas otras antes que tú. Es algo que solo pertenece al mundo de los sueños. Ese mundo en el que solo vagan oscuros fantasmas, caprichos de un niño, secretos de adolescencia e infames codicias de un adulto reprimido. Y ahora es demasiado tarde para verlos a todos satisfechos. Se deslizan, como sombras sin nombre entre afiladas realidades que me atormentan sin descanso. Día y noche. Me pesan, en mi pesimista rutina y en mis sueños infantiles, aún palpitan. ¿Qué puedo conseguir, pensando? ¿Adónde me lleva seguir existiendo, cuando tan cruda es la existencia?

Me basta

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Te miro pero ya no te veo. Eres una sombra borrosa, tus rasgos ya no se perfilan, delicados, bajo una luz serena y a ratos divertida. Ya no me transportas a tu mundo, tan cálido y pacífico que nunca ocurre nada. Ahora solo veo duda en tu mirada, indecisión cuando me hablas y torpeza en tus caricias. Dime, ¿de qué me sirves si ya no eres auténtico? ¿Qué me aportas si eres igual que el resto? Lárgate, y déjame tranquila. Con mi mundo tengo suficiente, y de momento, me basta.

Sabores del norte

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El viento arrastra perfumes conocidos, memorias fugaces, sabores de juventud y locuras adolescentes. Y empiezo a darme cuenta de que he olvidado muchos de mis recuerdos. Ya no me acuerdo de qué era vivir el día sin más preocupaciones que el cotilleo de barrio y el hollywoodiense. He olvidado, por desgracia, lo que era pensar bien de la gente. La bondad desinteresada, que antes era capaz de percibir en cualquier esquina, ahora es sustituida por intereses ocultos, paellas en el aire. Las buenas acciones quedan relegadas a un puesto de mera casualidad, una hipótesis vaga y tan inusual como la lluvia en una desértica Valencia. Echo de menos, sí, quién me lo iba a decir, el mal humor de los norteños, con su cara siempre en tensión y su ceño continuamente fruncido. Ese aguante con el que soportan una vida nublada y a menudo pasada por agua. Esos paraguas que recogen parejitas apretujadas dándose calor, que sirven de excusa para los que solo "se gustan" y para los que han o...

Sonrisa de niña

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Me bajo del autobús. Meghan Trainor resuena en mis oídos, voy caminando a su ritmo. Con energía, canalizada únicamente a través de mis zancadas. Mi cara no expresa nada. Mi boca no sonríe, mi respiración no se oye, mis ojos no brillan.  Me acerco a mi trabajo por un camino ya demasiado conocido, entre decenas de personas que me resultan indiferentes. Siento cómo mis pasos completan su recorrido, pero ya no miro, ya no vivo. A veces veo el suelo, otras leo el móvil. Ni siquiera necesito levantar la cabeza, mi cuerpo esquiva, adelanta o acelera, hasta que un buen día se para. Frena justo para dejarme ver a una niñita de ojos saltones y brillantes que, desde los grandes brazos protectores de su padre, ha reparado en mí y me mira sin decir nada. Me sonríe. Con lo que para ella es su mejor sonrisa: un colmillo y medio asomando y el resto encías vacías. Y esa luz irradiando en mitad de la acera en una ciudad cualquiera. Inevitablemente despierta la máquina. Siento alegría, me...

La verdad

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Pronto se encontró con la verdad en las narices. No sabía cómo había estado tan ciega, y a pesar de sus intentos por eludirla, al final le explotó en la cara. No podía ignorarlo más.  Era un conjunto, un todo. No era solo cosa de dos días, sus sospechas se habían corroborado . No era algo superficial o un maldito capricho. Estaba segura de que los indicios eran claros. Pudo darse cuenta, era casi de película. Aterrador, porque aquello era verdad. Puede que fueran esas manos, o quizá solo su forma de hablar lo que había hecho que se enganchara. Igual eran esos ojos con oscuros secretos. Puede que hubiera sido su forma natural y sencilla de tratar a todo el mundo o igual esa desquiciante sonrisa .  O no, simplemente había sido ese perfeccionismo innato, esa facilidad para hacer cualquier cosa lo que le había hecho sospechar de él. Había algo terrible escondido detrás de esa impresionante apariencia impoluta. Sí, se dio cuenta de su amabilidad, de sus impecables moda...

Mañana

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Y con la promesa de un mañana, la dejé partir. Esperando, casi rogando en secreto que ese mañana no fuera solo una muestra de cortesía. O una ilusa intención.  O una mentira apaciguadora. Porque en realidad yo la quería. Como el blanco quiere al negro. La noche al día. El bien al mal. Casi como una necesidad oculta. Yo la quería. Pero no se lo demostré. ¡Maldita sea! Porque creía que volvería. Pero jamás lo hizo. Se despidió de mí como de uno más... agitando frenéticamente su mano, como una niña pequeña, con su vitalidad y su ingenuidad. Y me dejó ahí plantado, con una sonrisa de tonto, estúpido e incrédulo, tal y como lo describen mis amigos. Bueno, concretamente dicen que tenía cara de gilipollas. Pero no puedo atestiguarlo. Yo no pude verme.  Solo la veía a ella; radiante, esplendorosa. Con un vestido naranja... o salmón como lo llamaba ella. Diciéndome, diciéndonos pero diciéndome, que volvería pronto. Y como tontos la creímos, la creí. Con la canción de Gianluca qu...

Qué importa

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Tengo frío. El viento consigue colarse por mi cuello, levanta mi vestido, me estropea el peinado. El que había pensado para ti, todo mi look a la mierda. Dos malditas horas probándome ropa para nada. Pero eso es lo de menos, él ni siquiera se ha fijado en mí. No se ha percatado de que es el vestido que llevaba el día en que empezamos. No se ha fijado en que llevo el recogido que le gusta a él. No sabe que este maquillaje resalta mi color de ojos. Todo eso no ha servido para detenerle. Su idea de dejarme es firme. No soy yo, desde luego. Ya me lo ha repetido cien veces. Y aunque no lo diga es evidente... si no soy yo, es que hay otra. Ya no me mira, ya no me ve. Y qué importa eso. Ya nada importa. Hay otra.

¿Qué más puedo pedir?

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Una vida con comodidades cubiertas, un marido en casa, obediente. Unos hijos que me adoran, un trabajo satisfactorio y estable. El confort se mire por donde se mire. Estabilidad económica, sentimental, y física. ¿Qué más puedo pedir? Quiero sentir el riesgo, la adrenalina, el deseo de lo prohibido. La emocionante sensación de tener un secreto, para mí. Algo que haga más emocionante mi vida. Comprobar que sigo siendo una mujer deseable. Pues nada, un amante. Necesito un amante.

Una mano negra

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Se extiende por encima de mi cabeza, me tapa la luz y me deja sin respiración. Siento que me asfixio, aunque nadie me toca. Veo mi vida en blanco y negro, no tengo ilusión, mi inocencia se ha marchado. No puedo moverme. Sin poderlo remediar, pierdo la inspiración. Y tampoco lo evito.

Sorprenderte

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Sorprenderte con algo, por pequeño que sea, es un placer para los sentidos. Tu cara intrigada, esa mirada traviesa de quien tiene un regalo entre sus manos y desconoce su contenido. La mirada de un niño, pura magia. Tu respiración incluso algo agitada, instantes antes del descubrimiento. Ese silencio tierno, de quien se maravilla al contemplar algo hecho exclusivamente  para él . El saberse especial y único para alguien que, además de quererte apasionadamente, te pilla desprevenido. Te das cuenta de hasta dónde soy capaz de sorprenderte, esa persona a la que creías conocer perfecta y rutinariamente. Y por fin, tu abrazo, sentido y agradecido, silencioso, lento. Y en un susurro, tu voz. Casi quebrada, en un hilillo difícilmente perceptible: "te quiero mucho". Yo también te quiero.

Caprichosa fortuna

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El bus iba infestado de sudor y cansancio, la mala leche se repartía caprichosa cada dos o tres metros, mientras que la frustración bailaba solitaria entre los adolescentes hormonados y esos ancianos con el peso de sus recuerdos oprimiendo su pecho y encorvando su joroba. Lo confieso, me sentí afortunado.