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Mostrando las entradas etiquetadas como Colección de momentos

La puerta granate

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Un desagradable sonido de micrófonos y altavoces desacoplados luchando por el protagonismo llegó a mis oídos. No sé por qué a mí, que caminaba inocentemente por la acera después de diez horas extenuantes de largo y monótono trabajo, pero ese cuchitril, desvencijado y escondido, con la puerta de un granate desconchado y unas ventanas minúsculas y empañadas, me estaba llamando. Abandoné la bulliciosa avenida para entrar en aquel callejón sin salida que conducía a ese barucho de mala muerte que, estando en mis cabales o envuelta en una sencilla llamada telefónica, jamás hubiera apreciado. Pero esta vez, precisamente, fue ese sonido el que me atrajo estando  — al parecer —  mi sensibilidad a flor de piel y mi corazón expectante. La puerta que empujé gimió con un leve crujir que se ahogó en el ambiente cargado de su interior. Lámparas vintage se distribuían dispares por el local, alumbrando lo justo para poder encontrar las minúsculas mesas de madera que, ocupadas po...

Vestida de rojo

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Está anocheciendo. El cielo empieza a cubrirse de unas nubes blanquecinas y el rosáceo pasa lentamente al violeta en su camino hacia el inevitable azur. A lo lejos, tras la montaña que acabamos de sortear, una tormenta eléctrica se ceba con ese cielo. Un rayo detrás de otro, sin parar, iluminan ese lejano trocito de cielo, resaltando la silueta de la implacable nube que llega y cegando a quien osa mantenerle la mirada. Si bien esa tormenta no va a arruinar mi noche, me quedo impasible observándola alejarse lentamente de mí. Atravesamos sin dificultad un valle abierto cincelado por los dioses a capricho, con sus colores dorados y ocres, que se abre ante mí. Lo dejamos a un lado para adentrarnos en una montaña que se eleva, grandiosa y pletórica, curva tras curva, para esconder en su seno un embalse. La sorpresa de hallar ese inmenso remanso de paz me embarga como al viajero solitario que encuentra un pozo después de millas de dunas. Tras aparcar el coche y sellar mi entrada, si...

El bosque encantado

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Imagina un bosque encantado. Árboles estrechos que se cruzan en mi camino. Un olor a humedad y un ligero escalofrío despiertan mis sentidos. Un musgo de color verde muy intenso, fresco y brillante, cubre el suelo y las paredes de esos árboles que, sin ramas y altos como torres que custodian un cielo encapotado que se cuela por sus copas, se multiplican por momentos y congelan el tiempo. Y el sentido de la orientación, por cierto. Solo algunos haces de luz consiguen llegar a esa hondonada, donde un árbol milenario descansa y domina el lugar y lo custodia con su enorme tronco con extraños huecos y deformidades, con ramas que parecen arterias que bañan sus hojas de un verdor exquisito y poderoso, con sus enormes raíces despertando del suelo y saltando entre la tierra a capricho. Parece extender sus largas extremidades para intentar atraparme a mí, la intrusa, que sintiéndome insignificante y dichosa al mismo tiempo, lo contemplo maravillada.  Ramas y troncos caídos y...

De cara al miedo

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Volví a tener al miedo ante mí. Le saludé como quien reconoce a un viejo enemigo, a distancia y con precaución. Las palabras de Nietzsche llegaron inmediatamente a mis oídos. "Cuando miras al abismo, el abismo también te mira a ti".  Por un momento me vi dentro de una película donde el narrador, con su solemne y profunda voz, describía mi inevitable porvenir con la condescendencia e inmunidad de un creador. ¿Mi vida estaba en manos de ese narrador? ¿Lo que me esperaba era comparable con un abismo?  Mi cabeza empezó a llenarse de pensamientos cada vez más pesimistas y pude imaginar con cruda certeza cómo la luminosa salida de aquel túnel en el que me encontraba se encogía rápidamente y parecía alejarse de mis desesperadas manos que, estiradas delante de mí, trataban en vano de alcanzar lo que ya parecía perdido. Entonces, y solo entonces, cuando la miseria y el desconsuelo me rodeaban, cuando una profunda apatía llenaba mis entrañas y una desnuda soledad se ja...

Antes del alba

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La noche estaba oscura, la luna brillaba. Sus ojos grises me seguían, curiosos, sin perderme de vista siquiera un instante. De pronto una sombra, con sigilo, se acerca. El frío sin quererlo me cala y dentro, muy dentro, mi corazón se agita. No te esperaba, pero has cumplido tu palabra. Has venido a buscarme, muy pronto, antes del alba.

Hoy y ahora

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Hoy, en esta fría y lluviosa mañana de invierno, donde el tiempo deja huella y ya no puedo reconocerme, cuando me siento pequeña, vendida al mejor postor, sola, como si la más mínima ráfaga de viento pudiera descomponerme en mil pedazos, cuanto más pienso más lloro, porque ahora más que nunca, después de todo, después de tanto, puedo recordarte pero ya no te echo de menos.

Ganas

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Ganas de vivir sola. Apartamento propio, buhardilla con vistas a una bulliciosa calle, parquet italiano. Vespa de camino al trabajo, traje gris y tacones negros, pelo al viento. Comidas sanas, pasta y ensaladas, bañera los fines de semana. Algún que otro capricho, el olor de un bizcocho casero recién hecho, chocolate caliente. Paseos a la luz de las farolas, cena para uno, cine en blanco y negro. Ganas de cachorrito blanco alegrando mis mañanas, té ardiendo después de comer, y dormir con un buen libro.  Ganas de dejarlo todo y empezar de cero lejos, muy lejos. Donde nadie me encuentre, donde nadie me busque. Ganas de cantar en la ducha, por el pasillo, en mi diminuta cocina. Arreglar el grifo, no limpiar los cristales, la calefacción a tope en invierno. Ganas de tiempo libre, sin compromisos, sin paraguas en el bolso. Tardes de terraza en un café, puestas de sol desde la cima de un monte, dormir con el susurro del mar. Ganas de no tener televisión, ni móvil, ni ordenador....

Traición

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La acompañé a su dormitorio. Su cuerpo temblaba por todas partes, mientras lentamente nos movíamos las dos juntas, casi sin levantar los pies de las frías baldosas. Despedía un olor cansado, antiguo, almibarado con un toque dulce y familiar al mismo tiempo. Su cuerpo, larguirucho pero completamente encorvado hacia delante, se apoyaba en mi solícito brazo como si de un bastón se tratase. La metáfora me hizo sonreír con melancolía. Ella, que siempre había sido nuestro pilar, también se llamaba así. Mi abuela, la mayor de ocho hermanas, la trabajadora e incansable, la paciente, la bromista, la filósofa, la única superviviente. Noventa y siete años de vida.  La conversación versaba sobre lo rápido que pasaba el tiempo y lo alta y guapa que me encontraba. Una parte de mí pensaba "de qué me va a servir si voy a acabar así de encorvada". Mi otra parte le decía con dulzura "no te creas nada, abuela, la mitad es maquillaje". Ella sonreía con energía, mientras sus ojos...

La llamada

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Una calma extraña reinaba en el jardín trasero, el calor algo pesado y la humedad en el ambiente permitían estar al aire libre con un ligero vestido. Un grillo cantarín y melancólico hacía frotar sus alas en busca de un escarceo nocturno. Las luces blancas de los relámpagos caían repartidas por el cielo sin ton ni son, en una cascada de luces caprichosamente diseñada, perfilando las finísimas nubes dispersas y dejando a descubierto su casi desapercibida existencia. La vegetación del jardín desprendía aromas intensos y evocadores en un afán por respirar el frescor del aire que tanto le había faltado durante el largo y caluroso día veraniego.  Las bocanadas de viento fresco empezaron a sucederse con violencia e imprevisión, moviendo a su paso los maceteros que arrastrados por su furia provocaban un estruendo lastimero contra las baldosas de la terraza. El silencio expectante adornado con las notas de aquel grillo trasnochador dio paso a un rumor sordo de truenos lejanos que pa...

Desafiando a la muerte

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En sus ojos brillaba la adrenalina. El día era radiante y podía hacer lo que quisiera. De camino a su trabajo, montada sobre una bicicleta urbana, volaba. El carril bici es un gran invento de este siglo. Y el vacío legal en cuanto a incumplir los semáforos es un claro aliciente para llegar al trabajo batiendo todos los récords de velocidad. Las escasas curvas puede hacerlas casi inclinándose, como si un Márquez o un Rossi se hubieran apoderado de su cuerpo. Los semáforos de las grandes avenidas, en los que antes tenía que apretar el paso para que no se pusiera en rojo, ahora puede pasarlos como una bala, casi sin mirar a los lados. Osando, sí, desafiando a la aparición de algún delincuente que atente contra el tráfico y la seguridad vial. Otras veces el semáforo se le pone en rojo cuando está a punto de cruzar, a una velocidad punta, por el paso de peatones-bicis. Pero ella, sin miedo, acelera, aprieta las pedaladas y consigue hacer esperar a los coches que, furiosos, rugen sus ...

Desde mi ventana

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La noche sentía celos de ti, probablemente. Te veía ahí tirada, con tu cuerpo entrelazado en unas sábanas blancas y tu respiración profunda, tranquila, al ritmo de unos latidos que alimentaban tu profundo sueño. La noche estaba celosa, seguro, y no porque fuera yo quien te hiciera sentir esa paz, sino porque ella nunca había compartido eso con nadie. Solitaria y burlona, la noche se asemejaba más a mí de joven, cuando cerraba las discotecas y olvidaba el nombre de mis conquistas. Cuando el alcohol corría por mis venas con más familiaridad que mi propia sangre. La noche era mi mejor amiga, mi confidente. Por aquel entonces tú solo eras una insulsa estudiante de química, encerrada en tus libros y tus horarios, camuflada bajo unas enormes gafas de pasta y un abrigo XXL. Caminabas arrastrando ligeramente los pies y saltabas el último escalón de las escaleras, conservando un halo infantil enigmático y enternecedor. Ahora te veía ahí profundamente dormida, tan sencilla, tan ...

A tu ritmo

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Me dejo llevar, sigo tu estela, tú marcas mi ritmo. A veces me meces, me zarandeas. Otras eres tú el que me frenas. Pero yo siempre te elijo, yo soy la que tiene la última decisión. A mi alrededor otros duermen, hablan, tosen, teclean o se mueven. Son molestos, pero su presencia no nos afecta. Tú me sigues llevando, siempre; yo vuelvo a abandonarte, cuando quiero. Cuando llegamos a mi estación, lo sabes, me bajo al andén y te despido. No importa, nos volveremos a ver pronto, Alvia.

Mariposa

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Se fue tan rápido como llegó, con la vida a contrapié y un sinfín de excusas baratas bajo la manga. No fue una gran pérdida, solo una anécdota más para contar en las reuniones de amigas. Estaba condenada a ser la soltera del grupo, la que provocaba un ligero sentimiento de pena  y siempre podía encajar con múltiples "amigos de". Llevaba el cartel de fiestera colgado en la frente y el de enamoradiza en la espalda. Se decía de mí que era capaz de creer ciegamente en que algo malo podía funcionar, vivir en el mundo piruleta y seguir alimentándome de recuerdos de adolescente. Me resignaba a crecer y, como consecuencia de ello, mi madurez parecía condenada a esquivarme. Como si equivocarme fuera un derecho y el fracaso mi forma de aprendizaje. La única ventaja de todo ello, y la razón por la que secretamente me envidiaban mis amigas, era mi capacidad para olvidar al cretino que me había dado calabazas. Tres días de luto era la media, y después, a por otra cosa mariposa.

Amarte

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Cuando pienso en ti y en lo mucho que te quiero solo puedo llorar. Llorar por el hecho de que algo tan grande me embargue,  de sentir como te siento, con todo mi cuerpo, con toda mi alma. Porque amar no es vivir en una nube, idealizando a la otra persona. Amar es quererla con todo lo bueno y lo malo, con esas manías que al principio eran graciosas y que con el tiempo se harán insoportables. Amarte es mirarte a los ojos y sonreír por dentro y por fuera con tantas ganas que hasta duela, con tanta intensidad que lo notes en el pecho, queriendo salir y mostrarse al mundo, con tanta pasión que ni puedas describirla.

Le dejé creerlo

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Era bonito ver cómo intentaba con todas sus fuerzas protegerme. Argumentaba, escondía, simplificaba y bromeaba, siempre tenía algún plan para hacerme sentir mejor, aunque la situación fuera insostenible. En mi interior, ardía en deseos de gritarle que ya no era la niña que él había conocido. Que podía oír lo que estaba pasando en realidad, que ya lo había intuido una parte de mí o que mis oídos habían escuchado cosas peores. Que sería capaz de asimilarlo. Que ya no era su niña. Pero de pronto recordaba que ese sentimiento de protección, esa paternal inclinación por salvarme de todo mal, era lo único que le unía a mí. Lo que le hacía ser a él quien era. Lo único que nos quedaba. Y le dejé creerlo. Porque después de todo, quién era yo para decirle alto y claro que ya era una mujer fuerte e independiente. Que ya no le necesitaba. Probablemente eso lo alejaría de mí, le haría sentirse inútil y desgraciado y yo tampoco quería perderlo. Recuperé mi lado infantil e indefenso, lo hice l...

Aprender el olvido

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Jueves. Me levanto cansada, una vez más. Siento que no he dormido nada, otra vez he soñado contigo. Me duele el cuello, la espalda. Te echo de menos. Despacio, me acerco a la cocina. Arrastro los pies hasta la nevera. Mecánicamente cojo la leche, la caliento en el microondas. Mientras tanto conecto la cafetera y pongo una taza en la máquina. Mi cabeza está tan lejos de allí. Recuerdo tus caricias, tus susurros, el roce de tus labios. Se me eriza la piel y me dejo invadir por el recuerdo, acallando la conciencia que me dice que eso es peligroso. Pero quiero sentirlo, quiero recordarlo, y recuperarlo. El sonido del microondas me trae a la cocina. Vierto la leche y la mezclo con mi café recién hecho. Me llevo la taza al salón, miro por la ventana y suspiro. Ya no estás. Debo aceptarlo, e nseñarme a no recordarte, y empezar  a aprender a olvidarte.

Rutina

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Se despierta su mente, busca el móvil a tientas, lo coge, abre sus ojos, mira la hora, suspira. Se levanta, hace su café, coge la taza, va a su cuarto, se viste, se peina, sorbe. Se perfuma, se cepilla los dientes, se calza, coge su cartera, besa a su pareja, cierra la puerta. El ascensor llega, desciende, se frena. Un taxi espera, se sube, le indica, llega. Entra en su oficina, cruza el vestíbulo, el ascensor sube, en la quinta planta se baja. Camina sobre el mármol, el barullo aumenta, una sala de juntas le espera, el silencio se impone. Once personas callan, la mesa cubierta de papeles, en la pantalla un gráfico, él se sienta. Dispuesto a iniciar su discurso, una desconocida presencia le distrae.  Ella está sentada en la otra punta de la mesa, con una pila de papeles delante, gafas negras, mirada seria. Orden en sus apuntes, limpieza en su caligrafía, capacidad en su informe, femenina en su atuendo, segura en su peinado, humilde en su bisutería, étic...

Causas perdidas

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- Hubo un tiempo en que lo nuestro fue bonito, fue verdadero. No estoy segura de que fuera amor y no quiero rivalizar en franqueza contigo, pero algo hubo. - Lo cierto es que para mí significaste mucho. - Lo sé, "mucho". Pero no todo. Nunca lo fui todo. Empezó siendo algo sencillo, unas pinceladas de vida tranquila y despreocupada, teníamos todo lo que queríamos, nos teníamos a nosotros y eso bastaba. - ¿Qué crees que falló, entonces? - Empezamos a querer más. Saber más, tener más, tenernos más, conocernos más: se rompió la magia al descubrir tus manías y defectos... - Todo el mundo tiene manías, tienes que entenderlo. - Y lo sé pero... Creo que nunca llegué a aceptar las tuyas. Siempre tenía la impresión de que eran, no sé... Pasajeras. Creía que cambiarías. - ¡La historia de siempre! - Lo sé... ¡Caigo en los clichés! Pero el tiempo me hizo volverme caprichosa. Curiosamente, me aferré a la idea de salvarte. ¡Como si fuera yo la Madre Teresa d...

Guerra muy fría

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No pudo soportar la ira que se apoderaba de su cuerpo en esos momentos. Sin poderlo remediar, ya no era dueña de su voluntad. El razonamiento del que siempre había presumido ahora estaba anulado, solo pensaba en su venganza. Le habían robado su tiempo y ya no podía permitir aquellas injusticias del todo inmerecidas. Como una simple espectadora, vio su propia mano levantarse hacia él, con una rapidez y una destreza desconocidas en ella, y en menos de lo que tardara en percatarse de lo que hacía, vio cómo sus propios dedos arrancaban un papelito minúsculo. Lo acercó hacia sus ojos, después de mirar desafiante al siguiente en la cola de la pescadería. Sí, el número 298, ya no se le colaría nadie más.

La invitada

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La temperatura del mar era agradable y fresca cuando me animó a adentrarme en sus hipnóticas aguas. Acepté esa invitación sin reproches: ni las algas de la semana anterior, ni las múltiples piedras puntiagudas que alejaban a los precavidos y a los niños, ni la bandera amarilla ni el tímido sol que parecía evitarme entre las finas nubes de algodón vespertino. Nada consiguió apartarme de mi propósito. Entré brincando, tratando de sortear esas piedrecillas malditas, y tras cerciorarme de la profundidad que me esperaba me lancé sin miedo, hundiéndome en esa agua fresca y revoltosa. Nadé hacia sus profundidades, frenética y compulsivamente primero, y con brazadas acompasadas después, hasta que mi cuerpo se hubo adaptado a la temperatura del inmenso mar Mediterráneo. Una vez dentro, a salvo de miradas indiscretas y salpicaduras imprevistas, de olas caprichosas y piedras y medusas, con un par de metros de profundidad salvaje por debajo de mi cuerpo, hice la plancha, o el muerto o l...