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Verde menta

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La luz de la luna se colaba por su ventana, dibujando una estrecha línea por encima de su colchón solitario. La habitación permanecía a oscuras, dejando intuir entre las sombras el escaso mobiliario y la multitud de cuadros dispersos. Varios lienzos reposaban contra las paredes y las gotas de una lluvia tardía repiqueteaban sobre el tejado de aquella buhardilla parisina. El olor a madera y a pintura se mezclaban consiguiendo una fragancia inspiradora.  Él empapó el pincel en el color verde y varias veces en el blanco, alcanzando el verde menta que llevaba varios días robándole el sueño. Su técnica era incomprendida para muchos, nadie podía entender que pintar prácticamente a oscuras pudiera considerarse racional y mucho menos acabar siendo algún tipo de arte.  Unas velas gruesas descansaban entre el lienzo y sus pinturas, permitiendo que pudiera apreciar el curso de las líneas lo suficiente para conseguir el efecto abstracto, difuminado y profundo que le distinguía. S...

De falsas esperanzas

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Su barba descuidada ya tenía un color más grisáceo que aquel negro agresivo que había lucido antaño. Su cazadora de cuero y sus vaqueros desgastados todavía le daban ese aire rebelde, aunque ya marchito. Su actitud parecía altiva, y su andar precipitado y al mismo tiempo indeciso, como si dudara de su existencia a cada paso. Fumaba compulsivamente un cigarrillo que sostenía con fuerza entre sus dedos, y las monedas tintineaban en su bolsillo, mientras su mirada triste y solitaria vagaba desesperadamente entre la multitud, sin reparar en nada. Su carrera en el mundo del periodismo se había ido a pique sin poder preverlo, y sin conseguir ayuda pública ni de su familia cercana, había dejado su vida marchitarse consumiéndose en unos recuerdos ya caducos. Lanzó la colilla al empedrado, giró sobre sí mismo y, dejando un rastro de whisky a su paso, entró apresuradamente en la casa de apuestas de su barrio. No se puede vivir de sueños, pero se puede malvivir con falsas esperanzas.

Le dejé creerlo

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Era bonito ver cómo intentaba con todas sus fuerzas protegerme. Argumentaba, escondía, simplificaba y bromeaba, siempre tenía algún plan para hacerme sentir mejor, aunque la situación fuera insostenible. En mi interior, ardía en deseos de gritarle que ya no era la niña que él había conocido. Que podía oír lo que estaba pasando en realidad, que ya lo había intuido una parte de mí o que mis oídos habían escuchado cosas peores. Que sería capaz de asimilarlo. Que ya no era su niña. Pero de pronto recordaba que ese sentimiento de protección, esa paternal inclinación por salvarme de todo mal, era lo único que le unía a mí. Lo que le hacía ser a él quien era. Lo único que nos quedaba. Y le dejé creerlo. Porque después de todo, quién era yo para decirle alto y claro que ya era una mujer fuerte e independiente. Que ya no le necesitaba. Probablemente eso lo alejaría de mí, le haría sentirse inútil y desgraciado y yo tampoco quería perderlo. Recuperé mi lado infantil e indefenso, lo hice l...

Aprender el olvido

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Jueves. Me levanto cansada, una vez más. Siento que no he dormido nada, otra vez he soñado contigo. Me duele el cuello, la espalda. Te echo de menos. Despacio, me acerco a la cocina. Arrastro los pies hasta la nevera. Mecánicamente cojo la leche, la caliento en el microondas. Mientras tanto conecto la cafetera y pongo una taza en la máquina. Mi cabeza está tan lejos de allí. Recuerdo tus caricias, tus susurros, el roce de tus labios. Se me eriza la piel y me dejo invadir por el recuerdo, acallando la conciencia que me dice que eso es peligroso. Pero quiero sentirlo, quiero recordarlo, y recuperarlo. El sonido del microondas me trae a la cocina. Vierto la leche y la mezclo con mi café recién hecho. Me llevo la taza al salón, miro por la ventana y suspiro. Ya no estás. Debo aceptarlo, e nseñarme a no recordarte, y empezar  a aprender a olvidarte.

Diario de una escritora

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Es bonito releer mis textos antiguos. Me asombra ver cómo se plasma en la escritura el estado de ánimo en el que me encontraba al redactar cada uno. Ahora siento la tentación de cambiar cosas, ser menos cínica o a veces no tan ingenua. Sin embargo no lo hago porque pienso que es una especie de diario, tiene el mensaje que os transmito pero a la vez a mí me transporta al momento en el que lo escribí. Y ese mensaje cifrado es algo que me encanta, porque es solo mío. Por supuesto que hay errores y claro que hay cosas que ya no comparto, pero esa es parte de la gracia, vamos cambiando y nuestros textos lo hacen con nosotros. Hace tiempo me preocupaba la inspiración. Cómo recuperarla después de mucho tiempo sin escribir. ¿La falta de tiempo se considera una excusa? ¿Solo puedo escribir si estoy enamorada o absolutamente deprimida? ¿Cómo puede mi escritura ser tan dependiente del amor? Me irritaba verme tan frágil. Era como perder el control sobre mí misma. Sin embargo ahora lo sé...

Una noche de San Juan

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Un manto de diminutas estrellas se extendía sobre sus cabezas. La noche era apacible, sin viento, oscura. El crepitar de las llamas acompañaba al sonido de un grillo cercano. Noche de San Juan. Mar en calma.  Una amistad firme les unía desde su adolescencia. En su madurez, el amor inconfeso había aparecido intermitente entre sus posibilidades, nunca satisfechas. Ahora parecía que por fin era el momento oportuno. Un reencuentro en su pueblo natal, fugaz, intenso. Cualquier cosa podía pasar, se sentía en el aire. No eran aquellos niños que jugaban a encontrarse, ya se habían encontrado. Ella imaginaba un arpa sonando junto al fuego, serena. Él oía los acordes melancólicos de una guitarra. Se veía cantándole las canciones que había compuesto, siempre pensando en ella. Se acercaron guiados por una fuerza irresistible, junto al fuego, deseosos, temerosos. Se rozaron en un tímido beso nocturno, a la orilla de la hoguera, al refugio de la luna.  Años más tarde, cad...

El sueño

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El insomnio la estaba consumiendo. Las horas pasaban y la necesidad de dormir era apremiante. Escuchaba el sonido monótono de las agujas de su reloj hacer eco entre las paredes de su dormitorio. Giraba hacia un lado y hacia el otro, cambiando continuamente de postura, buscando la comodidad y, con suerte, el placer del sueño que no llegaba. Pero ese deleite no llegaba. Pasadas las tres de la madrugada, después de pasar inmediatamente de un electrizante escalofrío a un calor asfixiante sin término medio, sintió un arrebato inoportuno por salir a tomar el aire fresco, mientras su cerebro aún se debatía sobre si aquello sería contraproducente en la búsqueda del descanso. Varios minutos más se entretuvo sopesándolo, hasta que el arrebato pasó de largo. Entonces pensó que tal vez escuchar música relajante podría ayudarla a conciliar el sueño. Media hora más tarde, prestando atención a una canción detrás de otra, cayó en la cuenta de la inutilidad. Dos veces más se vio obligada a a...

El último vuelo

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Vuela y siente el agua correr frente a él. Pequeñas gotas de agua le salpican el rostro, aliviando su sufrimiento. Un pesar que dentro de muy poco habrá olvidado.  La brisa fresca se cuela entre su pelo, entre sus dedos, renovando sus fuerzas. Hace muy poco que ha aprendido a vivir solo y, aunque es consciente del escaso tiempo que le queda, ya empieza a sentir nostalgia de la vida.  También los peligros le acechan, vigila su retaguardia con una audacia instruida pero inexperimentada, temerosa aún. Ahora ya nadie lo protege, saben de su fragilidad, de su inocencia también, pero él está solo. A pesar de ello tiene las ganas de probarse a sí mismo, de correr y gritar y sentirse libre por primera vez. Salir de casa le ha sido duro, ahora debe encontrar su pareja, tiene muy poco tiempo. Ese es el curso de la vida, así se lo han enseñado. La primavera es la época más propicia para enamorarse, los olores y sabores son mucho más intensos​, hasta el aire es difere...

Instante de peligro

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¿Un pájaro piando de madrugada? Era, por lo menos, algo inusual. Ella volvió a cerrar sus ojos intentando conciliar el sueño con aquella nueva banda sonora. De pronto, un cambio de luces, como una ráfaga de sombras que cruza en el interior de sus párpados, adueñándose de la escena. Eso es, todo en penumbra, solo que aquello no era una película. El pájaro tampoco hablaba ya. El silencio contenido del público antes del último acto. Ella abrió sus ojos y se acercó hasta la ventana. La fría noche invitaba a descubrirla. Cogió otro cigarro, lo encendió y en la noche oscura su cara quedó iluminada por un breve momento. Salió al alfeizar de su ventana. Una niebla espesa seguía instalada en el ambiente. Aquel invierno estaba siendo demasiado largo. Buscó entre las ramas de los árboles cercanos, esperando encontrar a aquel pajarillo trasnochador que parecía volver de una noche de juerga. Pero no encontró ni un leve crujido entre las sombras. Ni un movimiento entre el silencio noctu...

Rutina

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Se despierta su mente, busca el móvil a tientas, lo coge, abre sus ojos, mira la hora, suspira. Se levanta, hace su café, coge la taza, va a su cuarto, se viste, se peina, sorbe. Se perfuma, se cepilla los dientes, se calza, coge su cartera, besa a su pareja, cierra la puerta. El ascensor llega, desciende, se frena. Un taxi espera, se sube, le indica, llega. Entra en su oficina, cruza el vestíbulo, el ascensor sube, en la quinta planta se baja. Camina sobre el mármol, el barullo aumenta, una sala de juntas le espera, el silencio se impone. Once personas callan, la mesa cubierta de papeles, en la pantalla un gráfico, él se sienta. Dispuesto a iniciar su discurso, una desconocida presencia le distrae.  Ella está sentada en la otra punta de la mesa, con una pila de papeles delante, gafas negras, mirada seria. Orden en sus apuntes, limpieza en su caligrafía, capacidad en su informe, femenina en su atuendo, segura en su peinado, humilde en su bisutería, étic...

Causas perdidas

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- Hubo un tiempo en que lo nuestro fue bonito, fue verdadero. No estoy segura de que fuera amor y no quiero rivalizar en franqueza contigo, pero algo hubo. - Lo cierto es que para mí significaste mucho. - Lo sé, "mucho". Pero no todo. Nunca lo fui todo. Empezó siendo algo sencillo, unas pinceladas de vida tranquila y despreocupada, teníamos todo lo que queríamos, nos teníamos a nosotros y eso bastaba. - ¿Qué crees que falló, entonces? - Empezamos a querer más. Saber más, tener más, tenernos más, conocernos más: se rompió la magia al descubrir tus manías y defectos... - Todo el mundo tiene manías, tienes que entenderlo. - Y lo sé pero... Creo que nunca llegué a aceptar las tuyas. Siempre tenía la impresión de que eran, no sé... Pasajeras. Creía que cambiarías. - ¡La historia de siempre! - Lo sé... ¡Caigo en los clichés! Pero el tiempo me hizo volverme caprichosa. Curiosamente, me aferré a la idea de salvarte. ¡Como si fuera yo la Madre Teresa d...

Borrador

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Sentía orgullo, un placer inmenso por el trabajo realizado, una felicidad desmedida por haber concluido su obra. Una obra que había pasado demasiado tiempo en su cabeza y otro tanto enjaulada en la carpeta "Borradores" de su ordenador. Había dormido en sus brazos, desvelado sueños e interrumpido sus comidas. Porque había aprendido que cuando la inspiración llama a tu cabeza, tu corazón no puede esperar. O viceversa.  Obligado por una corriente superior a tus fuerzas terrenales te lanzas a la aventura, corres, te ríes y también lloras. Y sueñas, sueñas a todo color y con todo lujo de detalles, sin escatimar. Y luego muestras tu obra, tu bebé, tu pequeña novela, el sueño de una vida, el viejo propósito de cada año nuevo.  Sin embargo, tu creación muere antes de nacer. Es rechazada por una, y otra, y otra editorial. Nadie apuesta, no arriesgan. "Eso ya no se lee, no va a vender." Te dicen que no será un éxito, que vuelvas a intentarlo más adelante, con otra co...

Fuego

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El frío ambiente invernal traía olores a maderas quemadas. Recuerdos de un pasado lejano volvían a mi cabeza, plasmando en mi retina imágenes demasiado nítidas todavía, donde el dolor y el miedo se disputaban el papel protagonista de la historia.  Ya solo quedaban pequeños momentos de placer donde disfrutaba de detalles de la naturaleza. Un angosto riachuelo, una colina perfilada en el horizonte o simplemente el bello cantar de un colibrí despreocupado podía erizarme la piel y mantenerme meditando durante unos cuantos minutos. Sin embargo, no quedaba lejos el día en que me habían sido arrebatadas mis más bellas posesiones y mi único amor, dejándome abatido en la más devastadora de las desgracias.  La soledad era ahora y desde entonces mi única compañera de viaje; el tiempo y la belleza de nuevos rincones por descubrir me habían devuelto el sosiego y la voluntad de sobrevivir en un mundo maldito que se había cebado conmigo sin piedad. Lejos de autocompadecerme, b...

Sola, no

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No. No me siento sola. Ni aburrida, ni tampoco vacía. No, yo tengo mi vida, mi trabajo. Tengo 274 amigos en Facebook, un vecino anciano que me saluda todas las mañanas y un vagabundo que me piropea al entrar en la estación de metro. Un farmacéutico que me sonríe siempre y un cajero de Mercadona que siempre me deja saltarme la cola. Tengo siempre actualizado Linkedin, hago stories de chorradas para mi Instagram, retuiteo algún chiste gracioso de vez en cuando y comparto mis comidas en Facebook.  Tengo amigas con las que quedar y no quedo. Tengo libros para leer, pero tampoco los leo. Tengo muchas series a medias y ninguna termino. También compañeros de trabajo con los que comparto el café mientras oigo sus batallas jurídicas, aunque me den lo mismo​. Me siento cansada a todas horas, eso sí es verdad. Pero sola, no. No estoy sola.

Un Sinsentido

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Quiero confesar que tras un par de días sin saber de ti, echo de menos tus palabras de consuelo, tus comentarios burlones y tus historias sinsentido. Añoro las llamadas nocturnas, los dobles sentidos y esa mirada tuya, solo tuya. No puedo olvidar los consejos oportunos, las broncas absurdas y tus rayadas, o las mías. Lo echo todo de menos pero, si te soy sincera, en parte me aburre, incluso lo odio y hasta lo aborrezco. Estoy cansada de tus bromas repetitivas, tus absurdos malentendidos y tus promesas de un futuro que no llega. No quiero tener que mirar el móvil como una psicópata frenética esperando tu respuesta que solo aparece en función de cómo sople el viento.  Porque ahora lo sé: tu imprevisible atención no es un cuidadoso arte de cortejo, simplemente no responde a la lógica. Odio depender de algo tan cambiante como tu humor diario o mi tolerancia a tu ambiguo discurso ético. No tolero tu sentido de la priorización ni tu fastidioso sarcasmo, y me asquea que mi honestidad s...