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Cara bonita

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  Gorda y fea, o por lo menos feúcha. Todo sería mucho más fácil. No tiene nada de bueno gustar a todo el mundo, gustar físicamente, sin mérito, sin que te dejen tiempo para demostrar lo que hay más allá de esa careta. Todas quieren ser guapas, más rímel, más morros, más sombra y más tacón. Pero no se dan cuenta de que eso juega en su contra. Solo es una muestra más de la superficialidad y la tontería. El triunfo de las apariencias sobre la inteligencia. Y para colmo de lo absurdo nos ponemos gafas sin necesitarlas solo porque son monas y dan un aire intelectual; y si cuela, cuela. Pero si encima resulta que eres lista, tienes un criterio propio y algo de sentido del humor, caput. Se te enamoran todos. Por mucho que expliques que solo quieres amigos y no eres de esas que torturan creando falsas esperanzas con dobles sentidos, jugando con los sentimientos ajenos, no importa. Elogiarán tu sinceridad al principio pero mantendrán la esperanza viva, por si cambias de opinión y cons...

La invitada

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La temperatura del mar era agradable y fresca cuando me animó a adentrarme en sus hipnóticas aguas. Acepté esa invitación sin reproches: ni las algas de la semana anterior, ni las múltiples piedras puntiagudas que alejaban a los precavidos y a los niños, ni la bandera amarilla ni el tímido sol que parecía evitarme entre las finas nubes de algodón vespertino. Nada consiguió apartarme de mi propósito. Entré brincando, tratando de sortear esas piedrecillas malditas, y tras cerciorarme de la profundidad que me esperaba me lancé sin miedo, hundiéndome en esa agua fresca y revoltosa. Nadé hacia sus profundidades, frenética y compulsivamente primero, y con brazadas acompasadas después, hasta que mi cuerpo se hubo adaptado a la temperatura del inmenso mar Mediterráneo. Una vez dentro, a salvo de miradas indiscretas y salpicaduras imprevistas, de olas caprichosas y piedras y medusas, con un par de metros de profundidad salvaje por debajo de mi cuerpo, hice la plancha, o el muerto o l...

La visita

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Ágil, levanta la cabeza. Su oído se agudiza. Un ruido casi imperceptible en la oscuridad. Percibe un movimiento sigiloso, cerca. Pasos acompasados, botas de caucho. Muy cerca. No se detiene ante nada. Apenas unos segundos. Se gira bruscamente, en la esquina de una calle sin nombre, recibe una visita inesperada.  En un suspiro. La muerte.

Con la "a"

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  Soy mujer. Soy fuerte. Soy inteligente y estratega. Trabajo eficazmente. Soy puntual y ordenada. Soy igual de capaz que un hombre. Soy tan buena, tan inteligente y tan fuerte como él. Quiero sentirme representada. Quiero verme en los textos, los carteles, los edificios, y los semáforos. Quiero ver la "a" y la faldita. Al lado del hombre, como su igual. Pero mejor. Porque claro yo he sufrido más que él. Que me traten mejor, y que se me vea bien. Porque yo valgo mucho, valgo más. Quiero que se nos diferencie. Que se nos vea a ambos, porque somos distintos, pero iguales. No, espera... iguales pero, no tanto, porque yo... soy... mejor.

Australianos por el mundo

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Lo vi mirarme. Estaba en la terraza, sentado junto a su divertido amigo. Él no era simpático, para nada, pero era el guapo. Nosotras lo supimos nada más verlos, eran el típico par de amigos. Lo que no sabíamos era que venían a pasar solo unos días. Australianos. ¡Madre mía! Cuando nos lo dijeron Carol y yo nos miramos y nos lo dijimos todo. ¡Quién no ha soñado nunca con un amor australiano! ¡A lo Elsa Pataky! La cosa siguió así. El guapo vino a pedirme otra ronda de cerveza. La pagó en metálico, soltó un par de frases con un acento adorable. Yo me quedé embobada con esos dientes blancos grabados en mi retina. Carol me miraba desde un segundo plano, a mi lado. Noté cómo el calor empezaba a subirme por el cuello y se instalaba peligrosamente en mis mejillas. Miré a mi bendita compañera pidiendo socorro a voces solo con una mirada. Ella entendió mi bloqueo, despidió al australiano con alguna broma de respuesto y me cogió por los hombros.  - ¿Qué te ha pasado, boba? - Tanta...

Futura yo:

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Acuérdate de quién eres. Cuando en unos meses priorices tu trabajo a tus relaciones sociales, acuérdate de que hubo un tiempo en el que el dinero no lo era todo. Cuando en unos años tu ambicioso mundo te empuje a aceptar encargos inmorales, evoca los valores que te inculcaron. Cuando en tan solo unas décadas mires hacia atrás y veas unos hijos ya demasiado crecidos, no te lamentes. Les habrás dado el ejemplo que no querrán seguir. Y, con suerte, tu esfuerzo les habrá dado un futuro prometedor y unos recuerdos vacíos.

El lugar adecuado en el momento preciso

Águila

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 Camiseta sudada, de tirantes, color gris. Bíceps definidos, tersos, muy morenos. Un tatuaje llamativo, cubriendo parte del hombro y subiendo hasta el cuello. Un águila. El águila de la libertad, de la expresión. Es libre para tatuar su filosofía en su cuerpo, para sudar la camiseta en el gimnasio, dos veces al día. Todos los días. Libre para sentirse realizado con un cuerpo diez. Deseado, envidiable. Porque él es dueño de su cuerpo; y esclavo, también.

Trayecto nocturno

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Adormilada, noté cómo mi tren reducía la marcha a medida que se acercaba a una de las estaciones del recorrido. A través del cristal pude ver cómo los viajeros nocturnos, uno al lado de otro, esperaban apiñados para poder subirse a los vagones. Entre las sombras de aquella pequeña estación vislumbré una silueta que me resultó vagamente familiar. Un hombre desgarbado, ágil y de complexión delgada, se abría paso entre los más rezagados para entrar en aquel tren. Mi tren. Se parecía mucho a un viejo amor. Me vinieron a la cabeza mis últimas palabras, el momento de nuestra ruptura. Recordé su paradero actual, muy lejos de allí, y secretamente deseé que aquella silueta desconocida fuera él. Incluso he de confesarme que estuve esperando unos minutos a que alguien con aromas de jazmín y tostadas tomara asiento a mi lado. Un recuerdo sí lo hizo. Vi esa mirada, capaz de atravesar medio país y colarse en mi tren, un trayecto rutinario que a todas luces él habría deducido con la pasmos...

No soy yo

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Te contaré un secreto: no soy yo la que escribe. Lo hago en primera persona para que te identifiques conmigo. Te abro mi alma y me desnudo ante ti, solo con un propósito: transmitirte confianza. Las emociones que te cuento ni mucho menos son mías: son deformaciones de pequeñas parcelas de mi alma. Las llevo al extremo, te las muestro en estado puro, naturales. Como deberían ser si nuestros miedos y prejuicios no nos obligaran a esconderlas. No significa que no existan, habitan en mi imaginación y en la tuya. Y gracias a eso están vivas. Poca gente puede apreciarlas o entenderlas, ni mucho menos sentirlas. Y por eso me veo en la obligación de mostrártelas.

Lecciones

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La vida sigue dándome lecciones que, minan mi preciada ingenuidad, mi optimismo y también mis ilusiones. A veces me paro a pensar en cómo acabará todo esto, si me convertiré en una mujer fría y solitaria —de esas que reniegan del mundo y desconfían de todo y tienen una coraza y son impenetrables y saben predecir comportamientos y leer a las personas y ellas son tan inteligentes como impredecibles y no se permiten ser vulnerables ni cobardes ni dependientes— o si podré mantener mi capacidad de sorprenderme. Quiero conservar mi esperanza en la humanidad de las personas, quiero confiar en que me quieran desinteresadamente, quiero que un gesto pequeño siga siendo importante, quiero no calcular los riesgos. Pero cada vez es más difícil, cuando la vida y sus lecciones te vuelven la alumna más aventajada de tu clase, pero tú no quieres.

La soga

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Lo tengo, la solución es volar. Lo sé, un hombre no puede hacerlo. Pero cuando todos los caminos posibles están cerrados, cuando me ponen tantas pegas y la señal que espero empieza a resistirse, solo pienso en saltar y dejarme llevar. ¿De qué sirve pensar tanto si no puedo actuar? Siento que mis palabras se las lleva el viento, que lo que hago siempre tiene menos valor, que mi tiempo pertenece a otros. Otros que manejan mi subconsciente; mis emociones me vuelven vulnerable.  Me siento manipulado. Mi conciencia me hace sentir pequeño, indefenso, dependiente. Es ella por la que me siento obligado a quedarme, como un yugo o una soga, sin poder elegir ser libre, sin poder volar. Siempre hay algo más importante que yo, algo externo que no depende de mí, pero que me hunde y me impregna con su tufo. No sé cómo librarme de él. No puedo hacerlo. Grito y no se me escucha, explico y no se me entiende.  Estoy cansado. Mis palabras están vacías y mi cuerpo, endeble. No tiene senti...

En plena tormenta

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No quiero escribir sobre un sentimiento, pero hoy hay tormenta, y eso me aterra. Suele ser una experiencia dolorosa, tratar de plasmar vivencias del alma, propias o ajenas, para que tú las entiendas. Se trata no solo de describirlas, sino de revivirlas con toda su intensidad para no perder ningún detalle. En cambio, hoy te escribiré sobre una sensación, es algo que percibes por los sentidos. Algo más superficial que no llega a acariciar tu alma. Es la sensación de estar protegido, a salvo. Empieza cuando oyes las gotas de lluvia incesantes martillear contra el tejado. Frías e impasibles, sin piedad. Una hora tras otra, de madrugada. Y bajo esa buhardilla estás dentro de una cama, cubierto por un plumas de 1.35 y una almohada blandita entre tus piernas y bajo tu cabeza. La nariz está templada, los pies ardiendo y tu respiración pausada. A los pies de tu cama, siempre en contacto con tu cuerpo, una bola de calor respira pacíficamente. Tu pequeño perro descansa tranquilo,...

Autorretrato

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Lanzo un órdago a mis emociones. Porque yo soy más fuerte que ellas, no me dominan. Segura de mí misma en lo importante, soy peleona y cabezota, muchas veces solo por el afán de llevar la contraria. Soy una romántica empedernida lo reconozco, ahí me ganan ellas, pero porque les dejo. También soy caótica, despistada y abstraida. Me dejo invadir por lo que me rodea, por lo que me hace sentir. Algunos dicen que soy emocionalmente inestable, pero no, yo les cedo a mis emociones algo de protagonismo, faltaría más. Dirán que como todas las mujeres, pero no, yo más. Pero sé vivir con ello. Vivo con pasión todo lo que me rodea, y siento, todo lo que puedo y más. Sufro más que la mayoría pero también disfruto como una niña cada pequeño detalle. Y lo hago porque quiero. Podría, como todo el mundo, aprender a implicarme menos. Pero lo siento, eso no va conmigo. Suelo ser amable en el trato y correcta, me gusta escuchar todo lo que tienen para decirme, salvo las faltas evidentes de sent...
Cuando ya no estemos para defender nuestros actos, lo único que hablará por nosotros serán las intenciones que tuvimos.