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El guiño

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Años ochenta, una mujer joven y esbelta, con espesos bucles negros y mirada chispeante, maleta mediana y bolso al hombro como único equipaje, baja de un tren de cercanías dejando tras de sí la pacífica familiaridad de una pequeña ciudad como Granada y en el horizonte ve su sueño, su lucha, su autonomía, a punto de convertirse en realidad, en la gran ciudad.  Atocha, estación concurrida en hora punta, ruidosos golpes, maletas rodantes, gritos y lloros, olores fuertes, un ligero humo que se deshace entre el gentío, y aparece él en escena. Negro sombrero alado, cigarro en boca, maletín firmemente asido, traje gris, zapato negro, apoyado sobre una columna del andén número tres. En un instante cruzan una mirada lejana, tímida, cohibida. Ella se pierde en la oleada de viajeros, agarrando con firmeza su equipaje de mano contra su pecho, mientras el movimiento descontrolado de la marea humana la domina y el humo empieza a nublar su visión, el calor a agobiarla, el sudor resbal...

A tu ritmo

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Me dejo llevar, sigo tu estela, tú marcas mi ritmo. A veces me meces, me zarandeas. Otras eres tú el que me frenas. Pero yo siempre te elijo, yo soy la que tiene la última decisión. A mi alrededor otros duermen, hablan, tosen, teclean o se mueven. Son molestos, pero su presencia no nos afecta. Tú me sigues llevando, siempre; yo vuelvo a abandonarte, cuando quiero. Cuando llegamos a mi estación, lo sabes, me bajo al andén y te despido. No importa, nos volveremos a ver pronto, Alvia.

Cara a cara

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Discutir con él empezó a ser una costumbre. La distancia se empeñaba en ensombrecer nuestras palabras, ocultar nuestros deseos y enturbiar los pensamientos. Todo podía malinterpretarse, todo podía verse tras las gafas de la desesperanza y el desconsuelo. Las ganas de quererse se consumían por la necesidad de abrazarnos. Nada podía compararse a tenerlo delante, entre mis manos, claro y sencillo. Con nuestras miradas explicándose lo que las palabras no podían, añadiendo una intención limpia y dándonos un sentido. Fácil. Puro. Uno frente al otro. Cara a cara.

Descubriendo al inseguro

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Probablemente es el tipo más complejo con el que me he topado, y lo cierto es que a primera vista, es increíblemente tentador. Un aura enigmática le envuelve, con esa elegante forma de moverse y de utilizar el don de la palabra. Todo está perfectamente estudiado. Desde su carismática sonrisa, su asqueroso descaro y su arrebatadora mirada, hasta una conversación de corte despreocupado, humor inteligente y una mordaz sinceridad. Todo en él resulta atractivo. Con el tiempo se descubren pequeños indicios de inseguridad en relación con su aspecto. Una parte de nosotros nos dice: "solo un hombre seguro de sí mismo admitiría con tanta libertad sus defectos". Defectos que, por otro lado, no son tan defectuosos a ojos de cualquiera y el pensamiento inmediato es: "si esto es lo peor que tiene... ¿dónde hay que firmar?" Ante esas pequeñas inseguridades la postura habitual suele ser la de apoyo y ánimo. Sin embargo decidí utilizar la psicología inversa y quitarle ser...

Aunque tú no lo sepas

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Aunque tú no lo sepas, siempre estoy pensando excusas para ir a verte. Cada vez más estúpidas, hasta que me paro y pienso, no merece la pena.  Pero es que aunque tú no lo sepas, llevas meses colándote en mis sueños, disfrazado de actor secundario o como parte de un decorado ridículo que no te hace justicia. Veo tus gestos en otras caras, camuflado pero siempre presente.  Te metes en mi cabeza, te veo en las películas navideñas y te escucho en mis canciones favoritas. Pero tú no lo sabes. Porque es verte y me tiemblan las piernas, y te juro que me pasa sin querer.  Aunque tú no lo sepas releo nuestras conversaciones y me imagino otras en las que somos sinceros y encajamos, pero el miedo enseguida me domina y vuelvo a creer que no merece la pena. Sin quererlo hago rimas y tarareo en la cocina, con decirte que casi pierdo el trabajo por escribir tu nombre en un informe o por sonreír embobada al magistrado del tribunal de lo penal, y no tenía ning...

Con su bastón roído

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Podía parecer el típico anciano contando anécdotas, con su bastón roído por el paso del tiempo, y su angustioso tic acariciando el extremo; me describía batallas de la guerra civil, los amigos que perdió y la soledad que se siente cuando todo a tu alrededor se viene abajo y ya no te quedan ni tus propias creencias, entonces solo puedes contar con un sentido del humor, verde o negro, inteligente o seco, para endulzar tus días. Ese era mi abuelo.

Mentiras

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Lo vi salir apresurado de nuestra casa, después de haberme soltado lo que era sin duda una sarta de mentiras, con su pitillo en los labios y apestando a colonia. Supe inmediatamente que iba a verla a ella, pero en lugar de quedarme esperando en casa a su regreso, suplicando al cielo y a la madre tierra que le hicieran entrar en razón, esta vez decidí seguirle. Avancé en mi coche siguiéndole a escasos metros del suyo, sintiéndome pequeña y a la vez poderosa, como en una película de espías pero con cierto regusto amargo. Llevaba una peluca puesta, la del cumpleaños de nuestra hija, que se había empeñado en llevar el pelo de Blancanieves la semana pasada. Mientras lo seguía me venían a la cabeza preguntas patéticas. ¿Cuánto tiempo llevaría engañándome? ¿Con cuántas mujeres? Ni siquiera​ nada de eso importaba ya. ¿Por qué me había sido infiel? ¿Cuándo dejó de quererme? ¿Por qué yo aún seguía haciéndolo? Lo vi aparcar en un barrio de las afueras, y me quedé en doble fila a un...

Oasis

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Me creía viva y poderosa justo antes de dejar que aquella emoción me invadiera por dentro, y la sentí hacerse dueña de mi cuerpo, extendiéndose​ a la punta de mis dedos hasta que la pesadez me impidió mover ni uno solo, sumiéndome en un estado letárgico, un excepcional y dulce oasis inquietantemente pacífico, rodeado por buitres ansiosos que me miraban desafiantes mientras mi cuerpo, cada vez menos mío, me abandonaba a una paz de la que no querría —ni podría— escapar en mucho tiempo.

Descubriendo al psicópata

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La vi tan frágil e indefensa que no pude creer que hubiera sido condenada a cadena perpetua. Su aire angelical y sus exquisitos modales hacían de ella una mujer atractiva, su mirada frágil y penetrante resultaba casi hipnótica y su voz dulce y suave conseguían encandilar hasta a un reputado doctor. Pero yo ya había sido advertido. Mi primera visita fue un oscuro presagio desde su inicio. Ella estaba sentada frente a mí con aire escéptico y las esposas envolvían sus delicadas muñecas sobre una mesita desvencijada. Le dije: "Empecemos por el principio". Su historia resultaba bastante enrevesada aunque los detalles aparecían a menudo precisos y con coherencia. Algunas cuestiones, por pudor o vergüenza, no me fueron reveladas. No insistí. La confianza es la primera columna que sostiene la relación médico-paciente.  En mi siguiente sesión ahondamos en su malograda educación, su familia desestructurada, la muerte prematura de su madre y los maltratos de su padre. Tenía el ...

Descubriendo al mujeriego

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No me gusta presumir de ello, pero lo cierto es que había conocido a muchos hombres de su estilo. De los que tienen una sonrisa encantadora y te encandilan con un sentido del humor y conversación interesante. Valores estudiados, un discurso abierto y predisposición a la aventura.  Son en su mayoría hombres que juegan y se adoran a sí mismos, disfrutan de saborear a su alcance lo prohibido, y en ocasiones lo prueban, claro. Pero es por todos sabido que se ven a la legua. Tanto ellos como ellas tienen las cartas sobre la mesa y su modus operandi resulta demasiado evidente.  Los dobles sentidos, jugar con la ambigüedad y el narcisismo, utilizar los apelativos cariñosos y motes ridículos, o bien las batallas de sexos son algunos de sus métodos. Si os digo la verdad, hace tiempo que me cansé de enumerarlos. Al final había algo en ese tono de voz grave y meloso que emplean que los hacía totalmente reconocibles y convertía en inútil la maldita lista. También debo confe...

Descubriendo al cínico

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Hace tiempo que estoy observando este perfil de persona. Llevo acumulando opiniones encontradas sobre su actitud ante la vida, tratando de no identificarme con él y tampoco ser demasiado hipócrita. No quiero pecar de ingenuo ni de listillo. Me he convencido de que todos tenemos algo de cínicos en algún momento y algún aspecto concreto de nuestra vida, y así he conseguido reconciliarme conmigo mismo. Aquel día sin embargo le di muchas vueltas a la hipocresía, desprecio y crueldad de una persona cínica. Siempre me había impresionado la facilidad con que cambian de opinión en función del interlocutor o de quién sea la víctima en la ecuación. Su capacidad para encontrar el ejemplo más gráfico, la frase más elocuente, para conseguir que los demás nos sintamos como unos retrasados mentales, burlados por la inocencia de nuestro optimismo innato, o probablemente adoctrinado que reside en algún gen que no podemos extirpar.  Lo más curioso es que parece que el cínico es el único...

Descubriendo al melancólico

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Este era su aspecto habitual. Abstraído, ausente. En su mundo. Parecía una recurrente pose para el perfil de Instagram, pero doy fe de que ese era su estado normal. Estaba pero sin estar, aunque tuviera compañía. Esta vez no era así. Allí estaba él solo. Parecía una persona normal a la luz de una lámpara vintage de las que abundan en los restaurantes retro que están tan de moda. Los ojos de un extraño podían haberlo calificado como una persona interesante e incluso enigmática. A pesar de que aquel local no estaba concurrido, la entrada o salida de algún cliente ocasional tampoco perturbaba su concentración. Ese libro debía de ser tan absorbente como presenciar la mismísima llegada a la Luna. Pero lo cierto es que ese nivel de ensimismamiento no se debía al contenido del libro. Yo conocía los indicios que los demás ojos pasaban por alto. Me sentía una especie de Sherlock Holmes moderno, con un toque de Sócrates estudiando el comportamiento humano y disfrutando con su predic...

De selfies y pilates

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Mi mano descansaba sobre aquel bote de madera gastada que a duras penas se mantenía a flote y transmitía una sensación de inseguridad y aventura a partes iguales. Tenía el corazón dividido y el estómago como una piedra que, como me parecía, iba a hundirnos al bote y a mí bajo las trémulas profundidades de aquel andrajoso río. Después de sopesar las estadísticas de sobrevivir al naufragio en primer lugar, y después a la picadura de alguno de los múltiples animales salvajes que me rodeaban, me di cuenta de que estaba perdido. Llevaba ya más de tres horas sin encontrar al grupo y, más importante, al guía que me había envuelto en aquella trepidante aventura en lo más recóndito de la selva amazónica. Para recomendarlo sin duda. Ahora me las veía ahí solo, sin ningún ser humano a mi alrededor y probablemente incluso en varios kilómetros a la redonda, consumido por el eco de misteriosos sonidos acechadores y potencialmente causantes de horribles muertes. El vaivén de aquella barq...

Descubriendo al vengador

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Lo vi en aquel momento, débil y derrotado, con sus hombros bajos y la cabeza gacha. Todo en él estaba acabado, pero su mirada desprendía un brillo feroz, una determinación clara como nunca había visto. La decisión estaba tomada y el camino sería incierto. Con el paso del tiempo fui testigo de cómo su afán por conseguir venganza no solo no disminuía, sino que se hacía más fuerte aunque conociera la derrota y los obstáculos se multiplicaran a su paso. Yo había estudiado el comportamiento de hombres vengativos y fuertes que conseguían desarrollar sus habilidades para conseguir siempre su objetivo. Pero aquello era distinto. Una causa como conquistar una tierra, apoderarse de un bien ajeno, o cometer un asesinato son hechos delictivos y antisociales, que han generado a lo largo de la historia una sensación de adrenalina y poder a todos los hombres, sin importar su edad, raza o religión, y sin embargo ninguno es equiparable al empeño del vengador. Hay algo mucho más poderoso que le...

Descubriendo al débil

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No puedo explicar con certeza en qué momento de mi vida personal terminé por entender la abundancia de la debilidad humana. En el ámbito profesional fue algo más fácil. Hubo un tiempo en el que todas las personas que conocía me parecían débiles y miserables, indignas de merecer la vida incluso. ¿Quién era yo para decidir sobre la vida de los demás? Una jueza, por supuesto. Magistrada del Tribunal Supremo, concretamente. Pero empecemos por el principio. Dos acusados deben elegir si aceptar un trato con el fiscal, a todas luces injusto para ellos pero más seguro que la incertidumbre de mi veredicto. Pactan. Una mujer testifica sobre las palizas de su ahora ya exmarido. No es capaz de precisar si sufría vejaciones, maltrato o desprecios con asiduidad. Sigue temiendo responder de forma clara. Debo absolverlo. Una prostituta me explica con un discurso muy bien ensayado que ella ignoraba la clase de trabajo que le ofrecían aquellos hombres altos y violentos. Dos o tres preguntas lar...