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Una brújula rota

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Hay muy raras veces en la vida en las que te das cuenta de que debes tomar una decisión crucial, que cambiará totalmente el curso de los acontecimientos sin vuelta atrás. Normalmente esa decisión es tan trascendente que toca en lo profundo, a los principios morales o a la forma de ser de uno mismo, su cultura aprendida o bien su carácter firmemente forjado. Esa decisión puede suponer una u otra dirección, pero parece claro que es imposible continuar por el camino seguido hasta el momento.  El miedo a tomar la decisión acertada, el pavor a las consecuencias, la certeza de la imposible rectificación... Todo ello pesa tanto que se hace imposible seguir el consejo o el ejemplo de nadie más, porque se tiene conciencia de la entidad de la encrucijada y más aún, de las consecuencias que tendrá el tomar una decisión autónoma para el propio carácter. Y aquí me encuentro,  en época de tormenta sin saber cuál es mi rumbo, con una brújula rota, el peso de un mar enfurecido y ...

Mi excusa

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Me dije a mí misma que debía olvidarlo. Me concentré en ello, me lo repetí una, otra y otra vez hasta el aburrimiento y poco a poco perdí conciencia de los detalles, que aparecían borrosos ante mí, difuminados alrededor de un hecho que era cierto y en el que centré todas mis energías. Esa era mi verdad y todo lo que se escapara de ahí, podía ser malinterpretado, pero yo no cargaría con esa responsabilidad. Bastante tenía con entender mi propio cerebro, como para ponerme a predecir el de los demás. Pero fingir que esos detalles superfluos no podían ser retorcidos a placer, o más aún, que no me pertenecía a mí aclararlos, fue un peso que pronto tuve que cargar sobre mi conciencia. Porque era cobarde huir de ellos y lo único que me estaba impidiendo hacerles frente era el miedo. Ese miedo a reconocer que no había actuado conforme a unos principios morales que cuestionaban todo mi ser. Era posible que hubiera cambiado. Y era evidente que esos principios ya no custodiaban mi sentid...

El corazón inquieto

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La noche hueca. El aire opresivo. Mi respiración agitada. El corazón inquieto.  Recordaba tus palabras, tu mirada. En el fondo sabía tus intenciones. Y algo dentro de mí me frenaba, aún más, me alertaba. Sentía un fuerte lazo que me unía a ti, y en mis más oscuras pesadillas ese lazo apretaba, y dolía. Veía tus manos, siempre atentas y dispuestas, y tu abrazo protector y generoso. Tú, regalándome tus palabras y tu tiempo, y aún más, tu futuro.  Ahora en la distancia recordaba tu rostro sereno y tu solícita voz, dulce como un amanecer y grave como la oscura noche.  Pero mis ojos estaban despiertos y mi corazón, inquieto.

De cara al miedo

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Volví a tener al miedo ante mí. Le saludé como quien reconoce a un viejo enemigo, a distancia y con precaución. Las palabras de Nietzsche llegaron inmediatamente a mis oídos. "Cuando miras al abismo, el abismo también te mira a ti".  Por un momento me vi dentro de una película donde el narrador, con su solemne y profunda voz, describía mi inevitable porvenir con la condescendencia e inmunidad de un creador. ¿Mi vida estaba en manos de ese narrador? ¿Lo que me esperaba era comparable con un abismo?  Mi cabeza empezó a llenarse de pensamientos cada vez más pesimistas y pude imaginar con cruda certeza cómo la luminosa salida de aquel túnel en el que me encontraba se encogía rápidamente y parecía alejarse de mis desesperadas manos que, estiradas delante de mí, trataban en vano de alcanzar lo que ya parecía perdido. Entonces, y solo entonces, cuando la miseria y el desconsuelo me rodeaban, cuando una profunda apatía llenaba mis entrañas y una desnuda soledad se ja...

Efecto placebo

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Esta es una entrada de desconsuelo. No pretendo animar a nadie a hacer explotar su mundo, pero el mío ahora mismo está en ese momento crítico en que eres consciente de que estás a punto de tomar una decisión importante, o necesitas tomarla. De esas que pueden desestabilizarte o bien seguir como si nada hubiera pasado, colmando ese vasito de paciencia que tiene más volumen del que creías inicialmente. Así de graves están las cosas. He sentido ganas de morderme el puño y lo he hecho, he notado crecer dentro de mí una ira que no he sabido contener. He deseado salir bajo la lluvia en esta fría noche de enero con el único propósito de sentirme viva. He tenido el incontenible deseo de arañarme, correr y boxear y finalmente he golpeado la pared con tanta fuerza que mis nudillos se han resentido. Toda la violencia que siempre he criticado en los hombres que no saben canalizar su ira, la he protagonizado yo. Solo me queda tragarme mis palabras (y mi orgullo, que es más pesado) y continu...

O peor aún

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La vida nos empuja por caminos más o menos acordes con nuestros deseos, nos lleva y nos trae consiguiendo que nos sintamos afortunados o hundidos en una mísera desdicha.  Tan fuerte nos mueve, que nos sentimos a su merced y evocamos a la diosa Fortuna o al mismísimo Destino para así librarnos del pesar que supondría para nuestra endeble conciencia el haber actuado erróneamente, o peor aún, de forma imprudente.  Tenemos tanto miedo a equivocarnos, a seguir los impulsos, a decir verdaderamente lo que sentimos, por ese miedo a salir escaldado, o peor aún, humillado.  Es ese miedo el que nos obliga a tomar serios cálculos, pros y contras, el activo y el pasivo en todas las transacciones,  todas las interacciones. Ese que nos hace pensar más de la cuenta, llevar la delantera, nos prohíbe improvisar, o peor aún, sentir. Sin embargo es precisamente ese miedo materializado en ese raciocinio absurdo el que nos caracteriza como seres humanos en igual medida ...

Antes del alba

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La noche estaba oscura, la luna brillaba. Sus ojos grises me seguían, curiosos, sin perderme de vista siquiera un instante. De pronto una sombra, con sigilo, se acerca. El frío sin quererlo me cala y dentro, muy dentro, mi corazón se agita. No te esperaba, pero has cumplido tu palabra. Has venido a buscarme, muy pronto, antes del alba.

La bata blanca

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La bata blanca se movía con destreza por el largo pasillo de baldosas en crudo y paredes blancas, decoradas con algún que otro cuadro abstracto con formas y colores tan optimistas como si los hubiera pintado una niña cargada de sueños por cumplir. La bata blanca con su apellido grabado en el bolsillo superior izquierdo y un par de bolis reposando en su interior, le ofrecía un aire distinguido, como el pedigree de un caniche que se presenta a un concurso de belleza canina sabiéndose el más apto de los presentes. La bata blanca no se paraba a descansar y también se hacía esperar, una especie de #quiero y no puedo, un #la vida me sobrepasa y yo estoy a merced de esta rueda, un #tengo miles de cosas que hacer y poco tiempo para decirlas con cariño, un #podría seguir con los hagstags hasta aburrirte, un #prefiero utilizar eufemismos y llenarte la vida de alegorías. La bata blanca se alejaba despacio, recta y serena, y ya estrechaba con fuerza la mano de su siguiente pacient...

Hoy y ahora

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Hoy, en esta fría y lluviosa mañana de invierno, donde el tiempo deja huella y ya no puedo reconocerme, cuando me siento pequeña, vendida al mejor postor, sola, como si la más mínima ráfaga de viento pudiera descomponerme en mil pedazos, cuanto más pienso más lloro, porque ahora más que nunca, después de todo, después de tanto, puedo recordarte pero ya no te echo de menos.

Ganas

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Ganas de vivir sola. Apartamento propio, buhardilla con vistas a una bulliciosa calle, parquet italiano. Vespa de camino al trabajo, traje gris y tacones negros, pelo al viento. Comidas sanas, pasta y ensaladas, bañera los fines de semana. Algún que otro capricho, el olor de un bizcocho casero recién hecho, chocolate caliente. Paseos a la luz de las farolas, cena para uno, cine en blanco y negro. Ganas de cachorrito blanco alegrando mis mañanas, té ardiendo después de comer, y dormir con un buen libro.  Ganas de dejarlo todo y empezar de cero lejos, muy lejos. Donde nadie me encuentre, donde nadie me busque. Ganas de cantar en la ducha, por el pasillo, en mi diminuta cocina. Arreglar el grifo, no limpiar los cristales, la calefacción a tope en invierno. Ganas de tiempo libre, sin compromisos, sin paraguas en el bolso. Tardes de terraza en un café, puestas de sol desde la cima de un monte, dormir con el susurro del mar. Ganas de no tener televisión, ni móvil, ni ordenador....

Mientras mi sonrisa dure

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Su corazón había oscurecido y no sabía por qué. Sentía rechazo hacia todo aquel que le llevara la contraria y, muy a menudo, su rostro aquejaba una desagradable mueca de asco. Tan pronto como volvió a su casa se hizo consciente del ambiente tenso que le rodeaba. ¿La enfermedad le había vuelto despreciable o solo le había hecho ser consciente de que lo era? No podía valerse por sí mismo y sentía su cerebro flotar en una especie de acuario apacible y sin vida, donde las aguas turbias, y más densas de lo esperado, no dejaban vislumbrar el camino a seguir. Se sentía perdido, no podía nadar hacia adelante sin temer por su vida, ni recordar la que le había traído hasta allí. Tal vez la desesperanza, el hastío o puede que el orgullo le hubieran transformado en el ser egoísta y desagradecido que ahora era. Sus labios rara vez pronunciaban palabras agradables y su mirada no tenía brillo. Parecía como si su cuerpo lo habitara un ser desprovisto de alma, que vagaba en el cuerpo de un...

Lo intenté

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Intenté aferrarme a algo estable, que pudiera mantenerme unida a lo que me importa de verdad y al mismo tiempo sentirme emocionalmente viva. Intenté convencerme de que un futuro seguro es más importante que un presente inestable. Con esfuerzo, me negué mucho por creer en algo. Intenté olvidarte como olvido las porquerías que he comido, el número de veces que discutí contigo y las que te imaginé a mi lado. Intenté seguir como si nada, como otras veces, antes, mucho antes de conocerte. Pero me di cuenta de que ya no podía.  Juro que intenté olvidarte. Pero no te olvido.

Traición

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La acompañé a su dormitorio. Su cuerpo temblaba por todas partes, mientras lentamente nos movíamos las dos juntas, casi sin levantar los pies de las frías baldosas. Despedía un olor cansado, antiguo, almibarado con un toque dulce y familiar al mismo tiempo. Su cuerpo, larguirucho pero completamente encorvado hacia delante, se apoyaba en mi solícito brazo como si de un bastón se tratase. La metáfora me hizo sonreír con melancolía. Ella, que siempre había sido nuestro pilar, también se llamaba así. Mi abuela, la mayor de ocho hermanas, la trabajadora e incansable, la paciente, la bromista, la filósofa, la única superviviente. Noventa y siete años de vida.  La conversación versaba sobre lo rápido que pasaba el tiempo y lo alta y guapa que me encontraba. Una parte de mí pensaba "de qué me va a servir si voy a acabar así de encorvada". Mi otra parte le decía con dulzura "no te creas nada, abuela, la mitad es maquillaje". Ella sonreía con energía, mientras sus ojos...

La llamada

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Una calma extraña reinaba en el jardín trasero, el calor algo pesado y la humedad en el ambiente permitían estar al aire libre con un ligero vestido. Un grillo cantarín y melancólico hacía frotar sus alas en busca de un escarceo nocturno. Las luces blancas de los relámpagos caían repartidas por el cielo sin ton ni son, en una cascada de luces caprichosamente diseñada, perfilando las finísimas nubes dispersas y dejando a descubierto su casi desapercibida existencia. La vegetación del jardín desprendía aromas intensos y evocadores en un afán por respirar el frescor del aire que tanto le había faltado durante el largo y caluroso día veraniego.  Las bocanadas de viento fresco empezaron a sucederse con violencia e imprevisión, moviendo a su paso los maceteros que arrastrados por su furia provocaban un estruendo lastimero contra las baldosas de la terraza. El silencio expectante adornado con las notas de aquel grillo trasnochador dio paso a un rumor sordo de truenos lejanos que pa...

Marioneta

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Hace tiempo que debí pronunciar tu nombre pero lo olvidé. Olvidé el tiempo que estuvimos juntos, en el que fuimos felices y corríamos a la misma velocidad que nuestra vida, sintiéndonos dueños del tiempo y de la felicidad misma. Recuerdo esos días con nostalgia y cariño, donde antes había dolor ahora hay calma, donde había rencor solo queda silencio. El silencio que tan cómodamente compartíamos y las miles de palabras que nos inspiramos. Ahora el tiempo pasa rápido por mi lado, ignorando mi presencia, casi con regocijo me mira de soslayo y sonríe con picardía. Sabe más que yo, conoce mi destino y mi final, y yo soy una simple marioneta que olvida sus recuerdos e imagina los que vendrán.