jueves, 29 de marzo de 2018

Águila

 Camiseta sudada, de tirantes, color gris. Bíceps definidos, tersos, muy morenos. Un tatuaje llamativo, cubriendo parte del hombro y subiendo hasta el cuello. Un águila. El águila de la libertad, de la expresión. Es libre para tatuar su filosofía en su cuerpo, para sudar la camiseta en el gimnasio, dos veces al día. Todos los días. Libre para sentirse realizado con un cuerpo diez. Deseado, envidiable. Porque él es dueño de su cuerpo; y esclavo, también.


miércoles, 28 de marzo de 2018

Trayecto nocturno

Adormilada, noté cómo mi tren reducía la marcha a medida que se acercaba a una de las estaciones del recorrido. A través del cristal pude ver cómo los viajeros nocturnos, uno al lado de otro, esperaban apiñados para poder subirse a los vagones. Entre las sombras de aquella pequeña estación vislumbré una silueta que me resultó vagamente familiar. Un hombre desgarbado, ágil y de complexión delgada, se abría paso entre los más rezagados para entrar en aquel tren. Mi tren.

Se parecía mucho a un viejo amor. Me vinieron a la cabeza mis últimas palabras, el momento de nuestra ruptura. Recordé su paradero actual, muy lejos de allí, y secretamente deseé que aquella silueta desconocida fuera él. Incluso he de confesarme que estuve esperando unos minutos a que alguien con aromas de jazmín y tostadas tomara asiento a mi lado. Un recuerdo sí lo hizo.

Vi esa mirada, capaz de atravesar medio país y colarse en mi tren, un trayecto rutinario que a todas luces él habría deducido con la pasmosa facilidad que tanta rabia me daba cuando lo quería. Lo veía tan nítido como veo este papel y esta pluma, ahora que lo escribo. Lo veía tan claro que, en honor a la verdad, nunca sabré si fue un recuerdo, o era él.

viernes, 2 de marzo de 2018

No soy yo

Te contaré un secreto: no soy yo la que escribe. Lo hago en primera persona para que te identifiques conmigo. Te abro mi alma y me desnudo ante ti, solo con un propósito: transmitirte confianza. Las emociones que te cuento ni mucho menos son mías: son deformaciones de pequeñas parcelas de mi alma. Las llevo al extremo, te las muestro en estado puro, naturales. Como deberían ser si nuestros miedos y prejuicios no nos obligaran a esconderlas. No significa que no existan, habitan en mi imaginación y en la tuya. Y gracias a eso están vivas. Poca gente puede apreciarlas o entenderlas, ni mucho menos sentirlas. Y por eso me veo en la obligación de mostrártelas.

jueves, 1 de marzo de 2018

Lecciones

La vida sigue dándome lecciones que, minan mi preciada ingenuidad, mi optimismo y también mis ilusiones. A veces paro a pensar en cómo acabará todo esto, si me convertiré en una mujer fría y solitaria —de esas que reniegan del mundo y desconfían de todo y tienen una coraza y son impenetrables y saben predecir comportamientos y leer a las personas y ellas son tan inteligentes como impredecibles y no se permiten ser vulnerables ni cobardes ni dependientes— o si podré mantener mi capacidad de sorprenderme. Quiero conservar mi esperanza en la humanidad de las personas, quiero confiar en que me quieran desinteresadamente, quiero que un gesto pequeño siga siendo importante, quiero no calcular los riesgos. Pero cada vez es más difícil, cuando la vida y sus lecciones te vuelven la alumna más aventajada de tu clase, pero tú no quieres.

miércoles, 28 de febrero de 2018

La soga

Lo tengo, la solución es volar. Lo sé, un hombre no puede hacerlo. Pero cuando todos los caminos posibles están cerrados, cuando me ponen tantas pegas y la señal que espero empieza a resistirse, solo pienso en saltar y dejarme llevar. ¿De qué sirve pensar tanto si no puedo actuar? Siento que mis palabras se las lleva el viento, que lo que hago siempre tiene menos valor, que mi tiempo pertenece a otros. Otros que manejan mi subconsciente; mis emociones me vuelven vulnerable. 

Me siento manipulado. Mi conciencia me hace sentir pequeño, indefenso, dependiente. Es ella por la que me siento obligado a quedarme, como un yugo o una soga, sin poder elegir ser libre, sin poder volar. Siempre hay algo más importante que yo, algo externo que no depende de mí, pero que me hunde y me impregna con su tufo. No sé cómo librarme de él. No puedo hacerlo. Grito y no se me escucha, explico y no se me entiende. 

Estoy cansado. Mis palabras están vacías y mi cuerpo, endeble. No tiene sentido seguir así. La banqueta tiembla bajo mis sangrientos pies. ¿Qué estoy haciendo...? ¡Quiero volar, ser libre! ¡¡Pero joder!! No puedo hacerlo con una conciencia vulnerable... y esta soga... siempre ha sido demasiado fuerte.

sábado, 16 de diciembre de 2017

En plena tormenta

No quiero escribir sobre un sentimiento, pero hoy hay tormenta, y eso me aterra. Suele ser una experiencia dolorosa, tratar de plasmar vivencias del alma, propias o ajenas, para que tú las entiendas. Se trata no solo de describirlas, sino de revivirlas con toda su intensidad para no perder ningún detalle.

En cambio, hoy te escribiré sobre una sensación, es algo que percibes por los sentidos. Algo más superficial que no llega a acariciar tu alma. Es la sensación de estar protegido, a salvo.

Empieza cuando oyes las gotas de lluvia incesantes martillear contra el tejado. Frías e impasibles, sin piedad. Una hora tras otra, de madrugada. Y bajo esa buhardilla estás dentro de una cama, cubierto por un plumas de 1.35 y una almohada blandita entre tus piernas y bajo tu cabeza.

La nariz está templada, los pies ardiendo y tu respiración pausada. A los pies de tu cama, siempre en contacto con tu cuerpo, una bola de calor respira pacíficamente. Tu pequeño perro descansa tranquilo, a salvo. Fuera se oyen truenos de vez en cuando, caprichosos, tratando de romper tu burbuja. Pero esta sensación es más fuerte que cualquier cosa, la sientes tan intensa que incluso te diría que llega a convertirse en sentimiento.

Cuando hasta en lo más profundo se apodera de ti una calma y seguridad tan perfectas, tan puras, que ya no hay nada que pueda romper tu burbuja. Te das cuenta de que tus sentidos te han conquistado por dentro. La sensación es sentimiento. Y decides que tus días siempre sean así de intensos, porque por fin te encuentras en paz con la vida, en plena tormenta.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Autorretrato

Lanzo un órdago a mis emociones. Porque yo soy más fuerte que ellas, no me dominan. Segura de mí misma en lo importante, soy peleona y cabezota, muchas veces solo por el afán de llevar la contraria. Soy una romántica empedernida lo reconozco, ahí me ganan ellas, pero porque les dejo.

También soy caótica, despistada y abstraida. Me dejo invadir por lo que me rodea, por lo que me hace sentir. Algunos dicen que soy emocionalmente inestable, pero no, yo les cedo a mis emociones algo de protagonismo, faltaría más. Dirán que como todas las mujeres, pero no, yo más. Pero sé vivir con ello.

Vivo con pasión todo lo que me rodea, y siento, todo lo que puedo y más. Sufro más que la mayoría pero también disfruto como una niña cada pequeño detalle. Y lo hago porque quiero. Podría, como todo el mundo, aprender a implicarme menos. Pero lo siento, eso no va conmigo. Suelo ser amable en el trato y correcta, me gusta escuchar todo lo que tienen para decirme, salvo las faltas evidentes de sentido común, esas me desbocan.

Alguna vez soy muy seria y tajante, es bueno decir las cosas claritas, en un mundo superficial y sin valores. Siempre tengo una sonrisa en la cara, mi debilidad: ver bondad en todas las personas. Sé romper los clichés y saltarme muchas reglas "políticamente correctas", precisamente para poder llegar a todas esas personas que necesitan ser escuchadas. Tengo mi criterio y mis principios y esos, por mucho que me mareen con labia divertida, esos no se tocan.
Cuando ya no estemos para defender nuestros actos, lo único que hablará por nosotros serán las intenciones que tuvimos.

Entre los dos

Reapareciste años más tarde -según dijiste- para comprobar si era feliz. Tus intenciones parecían buenas, y lo eran. Con el tiempo tus ojos me decían más cosas. Me hablaban de recuerdos, besos sedientos, piernas que tiemblan. ¿Eran solo recuerdos? Después de tantos años de repente me sentía sola, en realidad, lo estaba. Pero también me vi entera, satisfecha, serena. Me di cuenta de que habíamos vivido, por separado, historias incompletas. Fracasos en serie, esperanzas frustradas en amores insanos, caducos. Tú disfrutabas de tu predicción, sabiéndote ganador, supongo. Como un simple espectador, no uno cualquiera, el que contempla su obra: tan alejada de tu recuerdo como tan viva seguía su huella. Algo desconocido para mí te había hecho volver, nunca sabré qué fue. Quizás ese cosquilleo, esa inevitable curiosidad de saber cómo les va a las personas que significaron algo importante. Como si tuvieras derecho a mirar, sin riesgo, por esa ventana indiscreta abierta al pasado. Sea lo que sea, hiciste bien, aunque hubo riesgo. No eran solo recuerdos. Ahora tus ojos me hablan con temor y expectación. Volvemos a mirarnos como antes y ahora, más que nunca, parece inevitable lo que se está creando entre los dos.

viernes, 21 de julio de 2017

Dentro de mí

Algo me inquieta. Dentro de mí, siento impotencia. Como si alguna criatura habitara en mi interior, y yo desconociera su naturaleza y su propósito. No es molesta, no se mueve ni es dolorosa. Simplemente permanece a la espera, paciente. No se exterioriza, pero yo la siento permanentemente, aunque soy incapaz de moverme. Y me impaciento. Crecen dentro de mí pensamientos malignos, las ganas de explotar, de romper todo lo que me rodea, de hacer daño. Por dentro noto un arrebato, una necesidad de llevar a cabo mis oscuros planes. Pero mi cuerpo no responde. No responde.

domingo, 16 de julio de 2017

Todavía

- Lamento que te fueras tan temprano. Es posible que tu recuerdo de aquella noche hubiera cambiado.
- ¿Tú crees? Como mucho podría haber empeorado, cariño.
- ¿Ese es el concepto que tienes de mí?

La pregunta se quedó suspendida en el aire. Ella tenía tan pocas ganas de rebatirla como él de escuchar una vez más los reproches.

Lo cierto era que hacía tiempo que ella había perdido la esperanza. Él no iba a cambiar, ni ella pretendía obligarle. Solo quería conservar un buen recuerdo de él. No intentaba recuperarle. No intentaba recuperarle.

Porque superar una pérdida no consiste en olvidar algo, sino en recordarlo sin dolor.

Pero el dolor no es algo que podamos controlar. Y todavía dolía.

martes, 13 de junio de 2017

Es posible

Sé que a primera vista puedo parecer una mujer interesante. Puede que sea mi natural delgadez, mi figura esbelta, mi paso grácil y desgarbado, casi infantil y aparentemente despreocupado, combinado con mi semblante serio y observador, un humor mordaz y una mirada rápida e inteligente. Puede que toda un aura me envuelva, prometiendo al que me observa buenas dosis de misterio y romanticismo, a partes iguales.

Es posible también que mi falta de interés por las tecnologías pueda resultar chocante en una joven, pero me dota de una cualidad envidiable: la atemporalidad. Jóvenes y no tan jóvenes se ven irremediablemente atraídos por mi encanto porque a unos les despierto el interés por lo desconocido y a otros la nostalgia de sus recuerdos. En ambos casos, saben que mi tiempo es preciado y precioso porque no me importa su transcurso, y así crece la calidad de mi compañía, por supuesto.

Algunos dicen que mi voz es enigmática y otros que despierto un instinto protector en ellos, a sabiendas de que sé cuidar muy bien de mí misma. Dicen que no tengo trabajo porque valoro más mi ética, que no tengo responsabilidades ni una familia que me espere al llegar a casa. Nadie conoce mis amistades ni mis manías. Puede ser que huyera de un pasado difícil de olvidar o que tenga un futuro prometedor entre manos. Desde luego, creen que tengo un plan en mente. Todo eso dicen, y todo ello es posible.

Dicen muchas cosas, puede que demasiadas, me es indiferente, eso solo aumenta su interés por corroborarlas. ¿Te apetece descubrirlo?

jueves, 18 de mayo de 2017

Mi momento

A propósito de una pregunta inocente, lanzada al aire por azar como quien responde a un cuestionario anónimo de esos que te predicen tu futuro, o si le apuras tu profesión, evoqué recuerdos confusos. ¿El momento más feliz de mi vida? Es una pregunta difícil, porque cuesta graduar la felicidad cuando cada momento ha tenido su magia.

Recordé momentos puntuales de mi vida, juegos infantiles, locuras de adolescente, y grandes desafíos cumplidos. Sí, lo confieso, pensé en el primer amor, el primer trabajo, el primer objetivo profesional alcanzado. Sentí abrazos, lágrimas dulces y tiernas despedidas acompañadas de promesas de reencuentro.

Por supuesto pensé en mi familia, siempre conmigo, en la distancia, y recordé antiguos amigos, los que perdí y los pocos que conservo. Pero muy lejos de todo eso, te vi a ti. Sentí la calidez de tu abrazo como ningún otro, el alivio que me invade cuando juntos, con nuestra lógica y pasión tirándose de los pelos, resolvemos nuestras disputas. Evoqué el volver a verte después de tres largos días separados, cuando el beso del reencuentro es tan raro como el primer beso y me río por dentro. Siento tus caricias, delicadas, y tu cálido aliento.

Me quedo con cualquiera de esos momentos contigo, cuando me siento en paz con el mundo, y nada más me preocupa. Cuando te siento a mi lado y de mi lado, y pienso en que puedo hacerle frente al mundo entero, que nadie me para. En ese momento, todo lo demás pierde importancia. Y solo existes tú, y la felicidad que sentimos. Ese es mi momento.

miércoles, 26 de abril de 2017

Realidad

Lo veo sentado delante de mí, de espaldas, pegado al móvil. Me duele ver cómo está inmerso en una pantalla minúscula cuando a nuestro alrededor están pasando cosas emocionantes, o al menos, entretenidas. Un niño le tira del pelo a su hermana y se monta una gresca, una adolescente está contando sus desgracias a su nueva mejor amiga, un abuelo se ha quedado dormido con “La razón” entre sus desgastadas manos, y también hay un grupo de guiris con el pelo platino y la piel quemada por el sol que intentan sin éxito decir palabras en castellano. Pero él no lo ve. No quiero ser cotilla, pero me invade una curiosidad insaciable de saber qué es lo que puede abstraer a un hombre de mediana edad, probablemente con hijos y esposa esperándole en su casa, con ropa limpia y adecuada, el cuello ligeramente enrojecido y manos trabajadoras. Me recuerda a mi padre, y no puedo evitar sentir nostalgia y cierto cariño hacia este desconocido. Está sentado en el autobús, justo delante de mí, en la penúltima fila. Yo he escogido mi asiento para poder leer “La década decisiva” tranquilamente. Porque últimamente siento que estoy tirando mi tiempo a la basura, que estoy desmotivada y en mi trabajo no tengo ilusión, que no me socializo lo suficiente y que no hago nada productivo con mi vida. Pero entonces en su pantalla veo lo que está buscando en Google. “Bono transporte parados Valencia”. Se me encoge el estómago, y se me olvidan mis penas.