martes, 4 de octubre de 2011

¿Por qué no cambiar?

Primer ensayo de la asignatura Claves del pensamiento actual impartida por el profesor Jaime Nubiola.


Sonrisa reluciente en la cara, ropa cómoda y moderna, muchos amigos. Familia numerosa, feliz, situación económica holgada. Padres universitarios, buen colegio, educación con valores. Ciudad pequeña, familiar, cotilla. Cielo encapotado, bastante tráfico, paraguas en mano. ¿Por qué no cambiar? ¿Debo continuar con una vida programada para no tener sorpresas, ni disgustos? ¿Por qué cumplir con lo que se espera de mí? ¿Por qué no buscar un nuevo camino, el mío, con mis propias aventuras, mis errores y mis éxitos? ¿Por qué no cambiar?

Un acontecimiento inesperado consigue dar un giro a aquella vida. ¿Sería esta la oportunidad para tomar las riendas de mi aburrida rutina? Una crisis económica supone un empuje hacia la toma de contacto con las primeras responsabilidades. Un trabajo, compaginado con unos estudios en Derecho, no parece tan difícil. Comidas rápidas y solitarias, a deshora, sola. Pronto, un recurso: auriculares que emiten música tranquila, melancólica, italiana. Más tarde, una escapatoria: los libros, grandes compañeros en el autobús público, de camino a la Uni, durante la comida. Ahora, una mentalidad: “Va dove ti porta il cuore”.

Pasados algunos meses, el malhumor despierta con facilidad. Empiezo a entender el verdadero significado de tener responsabilidades. Caprichos fuera, solo gastos necesarios. ¿Jueves universitarios? ¿Escaparates irresistibles? Olvidados. Poco a poco, siento que tengo el control sobre mi vida, mis horarios, mis comidas, mi autobús, mi independencia. ¿Madurez? Supongo. ¿Soledad? Mucha.

Es entonces cuando me vienen los recuerdos de niña. El patio del cole, las clases de ballet y de guitarra, el uniforme, los Reyes, los castillitos de arena, el comedor, los pies colgando en la silla del dentista, el algodón de azúcar… Una infancia perfecta, que solo me evoca sonrisas, alguna tímida lágrima y una tediosa pregunta: ¿Podré ofrecerles a mis hijos la misma felicidad que me han regalado mis padres?

Llega mi turno en la cafetería. “Bocadillo de lomo con queso y una coca-cola, por favor”. Con Sabina y sus Peces de ciudad en mis oídos, pienso en lo que he cambiado en los últimos años. Me vienen a la mente la ridícula timidez durante la adolescencia, las discusiones con mi madre sobre ropa, las visitas al dermatólogo por aquel acné interminable, el empeño por parecer mayor, la emoción por entrar en aquella discoteca, las fiestas de pijama con las amigas, las partidas de cartas hasta altas horas…

Sonrío para mis adentros. Lo añoro. Ojalá volvieran aquellos tiempos… Pero mañana todo será mejor. Lo que más me gusta de mi futuro es que lo escribo yo. Hay quien dice que ya lo decidirá el destino. Pero, ¿por qué esperarle? Debemos darle un empujoncito, no podemos dejar todo en sus manos. Si algo tengo claro es que la fuerza que mueve el mundo es nuestra iniciativa. Luego, Dios decide si funcionan nuestros intentos o si tenemos que esforzarnos más. Dicen de mí que soy una persona optimista, no lo sé. Pero sí sé que rendirse es la debilidad más grande del ser humano, provocado por la indecisión, la pereza o la incertidumbre.

De camino a la biblioteca me siento una extraña paseando por el campus. En realidad, siempre he querido vivir en una ciudad grande y variada. Cruzarme con personas distintas por la calle, imaginándome las vidas tan diferentes que tendrán, recorrer media ciudad en metro admirando su arquitectura, pasear por un parque repleto sin sentirme analizada. Adoro Barcelona por elección, aunque tengo algo de catalana en la sangre y he vivido toda mi vida en Pamplona, cada verano lo he pasado junto al Mediterráneo catalán y estoy enamorada de su clima, su comida, su gente y sobre todo de sus playas.

Mientras me siento en mi rutinaria silla, el modo aleatorio de mi móvil me manda una inequívoca señal de Serrat: “Nací en el Mediterráneo”. Sonrío otra vez y pienso: “No, pero casi. Seré catalana por adopción.” Estoy dispuesta a rechazar todas las comodidades que mis padres han forjado aquí, a evadir las curiosas miradas que esperaban ver casarse a la hija de la familia Castilla, a despedirme de mis amigos con un hasta luego y una sonrisa. Eso sí, mientras tanto, a por Mercantil. Pronto me espera una ciudad nueva por descubrir, sin conocidos en las aceras y con muchas expectativas por delante. ¿Por qué no intentarlo?


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