martes, 1 de noviembre de 2011

Mamá: ¡quiero ser piloto!

Miro por la ventana en el coche. Autopista vacía. De camino a mi paraíso, una vez más. Diez de la noche. Absoluta oscuridad. En el interior: radio, móvil, ordenador. Todos enganchados a las tecnologías. Incluida yo. Mi música en los oídos. El infinito paisaje que observo fuera me invita a relajarme, a dejar vagar mi mente a su antojo. De repente, una pequeña luz avanza despacito en lo alto del firmamento. Destellos rojos lo diferencian de las estrellas. Un avión. Es increíble.

Qué sensación la de volar. Viene a mi cabeza la imagen del piloto y me veo a mí misma al mando de esa gran maravilla, rodeada de botones, luces, mandos, altavoces y cables. En una cómoda silla de despacho, pero con un despacho peculiar. Me invade una sensación de claustrofobia, que imagino compensada con la inmensidad del firmamento.

Atravieso las nubes y veo la insignificancia de las ciudades, de sus magnates y de sus rascacielos. Pero también puedo vislumbrar con escalofriante realismo la majestuosidad del mar, la grandeza de las montañas y los valles... Me encantaría volar, pero dada la evidente imposibilidad, me encantaría pilotar un avión. Sentir que consigues elevar una máquina construida por el hombre. Un simple y vulgar armatoste a la altura de las aves y del cielo gracias a estas manitas que lo pilotan. Fascinante. Enseguida, un miedo se apodera de mí, inevitable. ¿Y qué pasa si me estrello? Una muerte irremediable. Supervivencia prácticamente impensable. ¿Y los pilotos? ¿Cómo pueden vivir con ese miedo todos los días? ¿Cómo pueden estar tan tranquilos con la tensión de pensar que la vida de tantos pasajeros pende de sus manos a diario?

Supongo que se acostumbrarán a esa sensación. O que la inmensa satisfacción de sobrevolar las ciudades, o de reunir familias dispersas por el mundo les recompensa. Quizás la seguridad de este medio de transporte les convenza de que no se encuentran en ese pequeño porcentaje de trágicos accidentes. O simplemente confían en sus propias aptitudes para mantener en lo alto esa gran máquina. Impresionante. Qué grande es la ambición de los hombres que ahora hasta han conseguido volar al lado de los pájaros. Qué inmensa es la valentía de los pilotos, que son capaces de aguantar esa presión todos los días, y qué poca atención reciben. Qué difícil no poder volver a casa para cenar y reunirte con tu familia. Qué difícil estar solo sobrevolando el mundo. Qué poco valorados para la grandeza de su función. Pero menuda función. Indescriptible.

Ojalá algún día pudiera llegar a pilotar un avión. Es tan fácil decirlo cuando estás sentadita en un coche, mirando un cielo ahora vacío. Con los pies en la tierra, viendo cómo desaparecen en la lejanía los hombres que vuelan. Quizás alguna vez pueda ser como ellos. Aunque sé que cuando me vea sentada en una de esas oficinas voladoras me entrará un miedo terrible y probablemente me muera del susto. Creo que empezaré por una avioneta. De momento, irá a mi lista de cosas pendientes por hacer, de sueños por cumplir. Por ahora, me contentaré con mirarlos a través de mi ventana.

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