viernes, 18 de noviembre de 2011

Para todo lo demás: MasterCard

Cuarto ensayo de la asignatura Claves del pensamiento actual, impartida por el profesor Jaime Nubiola. El tema es "vida en familia".


- ¡Suena el teléfono!
- ¡Yo no voy!
- ¡Yo tampoco!
- Ya voy yo... ¿Estáis todos?
- ¡Yo no! ¡Di que estoy en el baño!
- ¿Sí, dígame? -Una pausa.- No, lo siento, no está. Creo que está en el baño. ¿Quieres que le deje algún recado, Lucas? - Otra pausa.- Vale, se lo diré. Hasta luego.

Las familias no son perfectas. La mía en especial no es nada del otro mundo, pero a mí me encanta. En una familia numerosa hay situaciones para dar y regalar. Situaciones buenas y malas, de sacrificio y entrega, de lucha y amor. Situaciones de las que estás harta, y otras que no cambiarías por nada del mundo. La familia no tiene precio, como el anuncio de MasterCard.

En casa te encuentras al entrar por la puerta con las labores cotidianas, como poner la mesa o sacar el lavaplatos, y también con otras que se escapan de algunos hogares: ¿Alguien sabe dónde esta el iPod que dejé ayer en esta mesa? Probablemente desaparecido, hijo. No te molestes. Cuando quiera resurgir de su habilidoso escondrijo, volverá misteriosamente a esa mesa. El espionaje no es una salida. Las lavadoras, sin ir más lejos, pueden convertirse en una auténtica labor de arqueología, con sus respectivas excavaciones y descubrimientos. Los laberintos de las pirámides egipcias se quedan cortos. Los calcetines no volverán a encontrar su media naranja, por más que nos pese. Recurrir a etiquetas, números o colores son algunas fructíferas sugerencias. Y funcionan.

Mamá, que siempre había odiado la cocina, pronto aprendió recetas que ahora puede elaborar con los ojos cerrados y para un hambriento regimiento, lo que añade más dificultad a la hazaña. Aquí prima el llamado "principio de supervivencia" o la ley del "sálvese quien pueda". Las habilidades tales como la destreza y la agilidad serán valiosos aliados en este campo. Un consejo: si ves tres "petit suisses" de chocolate en la nevera, no esperes a la merienda. O coges uno ahora, o volará antes de la comida. Recuerda también esto: "en comunidad no muestres habilidad". Yo lo aprendí tarde, y ahora solo me queda como anécdota. Cuando descubren que sabes lavar lechugas (algo que, entre nosotros y aunque pocos lo reconozcan por razones evidentes, todos somos capaces de hacer) prepararás la ensalada toda tu vida. Eso sí, con el tiempo descubrirás nuevas modalidades con ingredientes insospechados a base de sobras.

Por lo tanto, llegados a este punto, la familia te enseña grandes dosis de elocuencia (improvisación al teléfono), paciencia (“Espera al ladrón misterioso: parte III”), investigación (técnicas para emparejar calcetines), gastronomía (¿qué se puede hacer con el atún del otro día? ¡A la ensalada!) y, en definitiva, fortaleza (para contener las necesidades básicas en condiciones adversas). Sin embargo, estos momentos de supervivencia en familia se ven compensados por muchas otras gratificantes experiencias. La película los viernes por la noche: todos reunidos en torno al televisor, con una manta cada uno y almohadas por los suelos. Esa sensación de unidad, de pertenencia a un gran TODO es indescriptible. Se hace más palpable con el muy ocasional "abrazo en conjunto", donde papá y mamá envuelven a toda su prole, que acaba espachurrándose con el de al lado en mitad del hall de casa.

También se ve claro en la defensa incondicional de los hermanos mayores cuando unos de la clase han llamado "gafotas" al peque de la casa. La mejor arma en estos casos para callar bocas: "A mi hermano pequeño solo le insulto yo". Y patadas, y garras, y mordiscos. Todo lo que se preste. Pero juntos, como hermanos. Otro sentimiento increíble es la heroicidad del renacuajo de la casa cuando lanza disparada la pelota jugando al "bote-bote", y consigue liberar a los suyos, que esperaban ansiosos en fila la llegada del hermano salvador con un don para esconderse. Una sensación conciliadora viene a la hora de acostarse: lo calentita que se duerme la peque abrazada a su hermana mayor. Si hay tormenta, con mayor razón. Sentimiento de protección y seguridad inigualables. Por último, la satisfacción al arrancar una sonrisa a tus padres después de relatarles con todo lujo de detalles lo que te ha pasado en el cole. Incomparable.


Por eso, aunque en ocasiones deteste a mi familia por todas esas insignificantes manías de las que estoy harta, en muchas más la adoro. A veces pienso que llegaría a matarla, pero sin dudarlo mataría por ella siempre. La familia no tiene precio. Para todo lo demás: MasterCard.

2 comentarios:

  1. Me encanta, me has hecho llorar. No tengo hermanos pero describes todo tal y como siempre me lo he imaginado, es increíble. Muchísimas gracias, era justo lo que necesitaba leer. Que suerte tienes. Quejate si te ponen menos de un 10.

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  2. Alba, cielo, no le hagas caso a la pequeña Beitia. Es un ser que, como yo, le hubiera gustado tener hermanos o hermanas...!! Fuera coña! es precioso, de verdad, me encanta, deberíamos volver a plantearnos el matrimonio...jajaj escribe más pronto!! =)

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