viernes, 7 de marzo de 2014

La vi y ella me vio

La vi y me vio. Bueno, ¡os diré la verdad! Me hice el interesante con mi Estrella Damm entre las manos. Fingí que me importaba más la minifalda de la camarera que, sí, era muy corta. Pero en lo único que podía pensar era en su sonrisa. Obviamente eso nunca se lo he dicho a ella porque es de marica perdido.

No. A ella solo le digo cosas desagradables como que su ego le tiene comido el coco y la ha dejado tonta. O que su nariz kilométrica puede detectar zombis y aspirar un hormiguero entero al mismo tiempo. Pero ella se ríe y me contesta alguna bobada. Me gustó el día que me dijo que mi pelo no tenía arreglo y que mi abuso de la gomina acabaría con las plagas de mosquitos.

Sí. Sé que le gusto. No lo digo porque nuestros signos del zodiaco tengan una compatibilidad del 85% o porque su apellido rime con el mío. No, esas chorradas no importan. Lo sé porque aquella noche yo la vi y ella me vio. Se hizo la encontradiza al llegar hasta la barra. Si supiera que llevaba media hora esperándola, probablemente iría a contárselo a todas sus amigas.

La invité a su ridícula piña colada. ¿No se te ocurre algo más fuerte? Me dijo que tenía que conducir pero sé perfectamente que aún no tiene el carnet. Me mintió y me gustó aún más.



Un caníbal la miraba desde el otro lado de la pista y adelanté mi ofensiva. Sí, ya se sabe que cuando hay rivalidad... La saqué a bailar. ¡Pero qué mierda de música! ¿Cómo se puede bailar esto? Os diré algo: fueron los tres minutos más largos de mi vida. Me dije que era culpa de la improvisación. Si hubiera atacado cuando tocaba...

¿Serás nenaza? ¿Ahora le echas la culpa a la música? En realidad soy arrítmico, ¿vale? No es mi culpa haber nacido en una generación asfixiada por la cultura musical. Creo que es un exceso. Entre Michael Jackson, Madonna, GaGa y Shakira parece que bailar sea requisito indispensable para un buen partido. ¡Pues nosotros no os pedimos las curvas de Beyoncé o el culo de J-Lo!

Así que me reafirmo en lo mío. Aquella noche la vi y ella me vio. Y allí tenía que haber acabado la cosa pero lo cierto es que no fue así. Pasamos la noche juntos, separados por una cortinita encantadora, en el hospital. Mi pisotón y su patada en mis partes nobles acabaron con aquella encantadora noche y aquella inocente mirada. Una pena, lo sé. ¡Que no me hubiera mirado!

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