martes, 8 de noviembre de 2016

Sonrisa de niña

Me bajo del autobús. Meghan Trainor resuena en mis oídos, voy caminando a su ritmo. Con energía, canalizada únicamente a través de mis zancadas. Mi cara no expresa nada. Mi boca no sonríe, mi respiración no se oye, mis ojos no brillan. 

Me acerco a mi trabajo por un camino ya demasiado conocido, entre decenas de personas que me resultan indiferentes. Siento cómo mis pasos completan su recorrido, pero ya no miro, ya no vivo. A veces veo el suelo, otras leo el móvil. Ni siquiera necesito levantar la cabeza, mi cuerpo esquiva, adelanta o acelera, hasta que un buen día se para. 
Frena justo para dejarme ver a una niñita de ojos saltones y brillantes que, desde los grandes brazos protectores de su padre, ha reparado en mí y me mira sin decir nada. Me sonríe. Con lo que para ella es su mejor sonrisa: un colmillo y medio asomando y el resto encías vacías. Y esa luz irradiando en mitad de la acera en una ciudad cualquiera. Inevitablemente despierta la máquina. Siento alegría, me vuelvo humana. Y le sonrío.

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